martes, 27 de septiembre de 2016


Los 7 magníficos

Adriana Mora


En el año de 1954 Akira Kurosawa realizó uno de sus filmes más populares y exitosos, Los siete Samuráis. Tres años más tarde John Sturges ensayó con suerte un remake del filme japonés, trasladando la acción al universo del Oeste norteamericano  con Los siete magníficos. Yul Brynner y Steve McQueen encabezaban el grupo de siete luchadores de origen dudoso que tomaban a su cargo la defensa de los desvalidos habitantes de un pueblo.

Los siete magníficos que se acaba de estrenar  en  simultánea mundial es el remake de un remake, un procedimiento nada extraño en los tiempos de sequía imaginativa del Hollywood actual. La industria del cine de los Estados Unidos ha perdido toda creatividad y los dirigentes de sus Estudios son ahora simples contadores, que suman y restan ganancias en proyectos poco arriesgados y destinados al consumo digestivo del cine en los centros comerciales.

La nueva versión se ha confiado a un director de oficio,  responsable de apuestas casi siempre triunfadoras en lo que va corrido del siglo desde Training day en el 2001. Antoine Fuqua es un realizador que sabe manejar el ritmo de las películas y que resuelve con eficacia el  desafío de contar las tramas con escenas potentes, intensas. Digamos que Fuqua es un eficiente artesano del cine  de acción  y eso es lo que aporta en Los siete magníficos.

El problema es que poco o nada existe detrás de esa acción y todas las balas y todos los muertos de Los siete magníficos bien pudieron aparecer en cualquier otra película con cualquier otra historia, sin que la adscripción al género de las películas de vaqueros tenga la más mínima importancia. La fuente de inspiración de Fuqua son más los filmes del llamado Western spaghettis de los años sesenta y setenta, una plaga que recorrió el mundo y que solo se salva por el talento de dos o tres de sus autores, en especial del italiano Sergio Leone.

Los western spaghetti son un cine paródico de la gran épica que las películas de vaqueros construyeron a partir del hecho histórico de la conquista del Oeste, género en el que trabajaron maestros clásicos  como John Ford y Howard Hawks y otros  modernos como Arthur Penn o Sam Peckinpah. Ni un rastro del cine de esos grandes aparece en el filme de Fuqua, que  confirma además la impresión de que el Western es un género definitivamente muerto. 

Salvo excepciones como Los imperdonables de Clint Eastwood o Danza con lobos de Kevin Costner,  no se hacen vaqueros memorables  desde hace muchos años. A la pregunta de por qué desapareció este tipo de cine, una respuesta probable: tal vez el tipo de violencia al gusto  es demasiado explícita y gratuita y ya el duelo de dos hombres a simple pistola, en la calle polvorienta de un pueblo perdido, es muy  poco para el paladar corrompido del espectador de hoy.     
 
 
El tráiler y la conferencia de prensa en el TIFF

lunes, 19 de septiembre de 2016

La señorita Julia: el teatro  y el cine

Orlando Mora

La señorita Julia es una nueva versión de la pieza teatral del dramaturgo sueco Augusto Strindberg, escrita en el año de 1888. Más que un simple dato, esta información resulta una referencia indispensable para enfrentarse con  armas idóneas a la propuesta que nos trae esta coproducción multinacional europea.
No parece difícil adivinar las razones que expliquen el interés de la directora por  el texto de Strindberg. Ingmar Bergman, uno de los  maestros del cine de autor contemporáneo, amaba la dramaturgia del escritor y alcanzó a dirigir el montaje de varias de sus obras. Liv Ullmann, mujer y actriz clave en la filmografía de Bergman a partir de los años sesenta, seguramente quiso volver a una de las fuentes del teatro moderno.

Según se observa en los créditos, Ullmann ha asumido la responsabilidad de la escritura del guion, por lo cual hay que entender que a ella corresponde en ese carácter y como directora la línea que finalmente se ha tomado para la adaptación a la pantalla del texto de Strindberg, una decisión arriesgada de cara a la maestría con que Alf Sjoberg lo había hecho en el año de 1951, en una obra que ganó con justicia la Palma de Oro del festival de Cannes en ese año.

Liv Ullmann ha decidido privilegiar el valor de la lealtad al texto original, manteniendo con fidelidad casi obsesiva la mayoría de los diálogos y ciñéndose estrictamente a ellos. Esa opción aparece como el origen de las dificultades que presenta la película para el espectador, que queda paralizado ante una acción que no se ve y que aparece simplemente referida a través de lo que dicen los personajes.
Si el cine es imagen, el teatro es palabra y palabra dicha por los actores. Esta última circunstancia se acepta como convención por el público que asiste a una sala de representación y que se enfrenta a unos actores en un escenario único o difícilmente cambiable. El espectador de cine se mueve con otras convenciones y desea que se le muestre, no que se le refiera en palabras la acción.

Salvada esa limitación, fruto de una opción asumida por la directora, habrá que subrayar el enorme impacto del texto del dramaturgo, con un final trágico que refleja la situación de la mujer en aquel momento histórico, con Julia como la única que pierde luego de la locura de una noche de solsticio en la que ella y el criado Juan extraviaron sus papeles.  



Liv Ullmann inició en el año de 1992 su carrera de directora, rodando entre esa fecha y el 2000 cuatro películas, con aciertos que atrajeron la atención de la Crítica, en especial por el buen gusto y el cuidado técnico de su realización, virtudes que se conservan en La señorita Julia. Un silencio de muchos años que ahora se rompe con este filme, llegado felizmente a las salas comerciales del país.   



Los nadie: El desasosiego y el sueño







Los nadie: El desasosiego y el sueño

Orlando Mora

Algunos anuncios sobre Los nadie a raíz de su selección como película de apertura del festival de cine de Cartagena en el mes de marzo y su inclusión reciente en la Semana de la Crítica de  Venecia daban para temer que se tratara de otro de esos retratos generaciones tan en boga hoy día. Son piezas que recogen de manera un tanto espontánea y naturalista el ambiente social en que se mueven sus actores y autores y que seducen con su aire de libertad e independencia.

El crecimiento del filme de Juan Sebastián Mesa se da a partir de las sensibles diferencias que lo separan de esos otros títulos, algunos realmente valiosos como el mexicano Gueros.  Los nadie es otra cosa, con una construcción dramática sólida, clásica si se quiere, sin renunciar a las virtudes que uno espera en obras que responden  al entusiasmo del inicio juvenil.

En la primera media hora el director nos introduce con atinado criterio en el universo personal de los protagonistas, individualizándolos al punto de convertirlos  en verdaderos personajes, con los matices suficientes para que el espectador pueda reconocerlos e interesarse en lo que va a sucederles y en su evolución posterior.

A la fina sensibilidad de esa presentación, se une un tono menor que elude el riesgo de la denuncia o el énfasis en lo social, dejando que sea la fuerza y la contundencia de las imágenes las que impongan la realidad de una ciudad que se despliega en dos espacios, uno lejano en el que a lo mejor imperan unas rutinas de normalidad y otro que habita en las callejas y vericuetos en los que transcurre la vida de estos nadie.

Ignoro por completo la biografía de la película, así que nada sé acerca de los antecedentes de los actores, que logran una naturalidad absoluta en la representación de sus personajes, aprovechando lo que supongo sea el conocimiento directo de un lenguaje verbal empobrecido al máximo y reducido a unas poquísimas palabras, una de las señales generacionales de identidad de esta juventud. 

Si hubiera que destacar un mérito más entre los muchos que debemos agradecer a Los nadie, me quedaría con su final abierto y simbólico, con ese viaje al sur, encarnación de todos los sueños para huir de las trampas de un presente gris y amorfo. Aquí lo metafórico le gana la partida, por fortuna, al realismo chato y previsible.   

Pienso que desde Apocalipsur de Javier Mejía no se veía en el país una ópera prima capaz de provocar tanto entusiasmo y tantas expectativas. Ahora habrá que confiar en que Juan Sebastián  Mesa consiga confirmar en una segunda obra las buenas prácticas de Los nadie.












jueves, 15 de septiembre de 2016



X Quinientos: última película colombiana en Toronto

Orlando Mora



A pocas horas de abandonar Toronto, dos satisfacciones personales marcaron estos dos últimos días de festival. La primera fue el placer de disfrutar de Jota, el último musical firmado por Carlos Saura, y la segunda fue  poder ver X Quinientos, la película del colombiano Juan Andrés Arango.

Empecemos por repetir la obviedad de que estamos viviendo un mundo lleno de violencia, tristeza y desesperanza. En manos de los putin, los berlusconis y demás aves rapaces que nos gobiernan, todo parece estar haciendo agua, sin que se avizoren luces de un mejor futuro. El cine, arte realista por excelencia, se nutre de esos insumos y lo que hoy reflejan las buenas películas, tanto de ficción como documentales, no puede ser nada diferente a lo que estamos viviendo.

La mayoría de las obras de calidad vistas en Toronto son también golpes bajos al ánimo, que dejan un sentimiento de desaliento muy cercano a la depresión. Por eso, en medio de tanto desasosiego, nos produjo una gran alegría ver el estreno mundial de Jota, el musical de Carlos Saura, y regocijar el espíritu al ver y escuchar la gran selección de jotas, la música aragonesa, filmados los números musicales con el estilo ya habitual en Saura, dejando que la música sea la única protagonista y poniendo los recursos de imagen y sonido a su servicio para  destacarla y magnificarla.

La última película colombiana exhibida en Toronto fue X Quinientos de Juan Andrés Arango, un segundo filme que repite muchos de los aciertos que estaban en La playa, su opera prima presentada en el festival de Cannes. Se trata de tres historias que transcurren en lugares distintos( ciudad de México, Buenaventura y Montreal), contadas de manera simultánea, con cortes que buscan establecer un cierto sentido común, que de alguna manera no se consigue.

Arango posee fuerza en la construcción de su universo visual y demuestra un gusto por los ambientes populares, que en el caso de la historia situada en Buenaventura termina siendo poderosa y convincente. Por razones naturalmente entendibles es la mejor de las tres y en la que más cómodo se siente el realizador, una de las voces que apunta con mejor futuro para el cine colombiano.

Un buen final para marcharse de Toronto, un gran evento que con una fórmula diferente a la de Cannes, poco a poco se ha convertido en la segunda cita festivalera del año.

martes, 13 de septiembre de 2016




La mujer del animal en Toronto                                      
Orlando Mora

Duro destino el de Víctor Gaviria como director de cine. Más de  diez años sin rodar resulta un tiempo casi prohibitivo de cara a la necesidad de mantener un contacto con el oficio. Recuerdo las palabras de García Márquez cuando luego del Nobel volvió a escribir columnas semanales: como los lanzadores de beisbol, hay que mantener el brazo caliente.
A lo mejor algo de esa inactividad se siente en el manejo que Gaviria ha dado al  material narrativo de La mujer del animal, el que a pesar de sus 116 minutos de duración, no logra colmar unos saltos   de tiempo que lesionan de alguna manera el conjunto final de la película.
La década transcurrida entre Sumas y restas y su nuevo filme, estrenado ayer mundialmente en el festival de Toronto, no ha cambiado el centro de los intereses de Gaviria y el director emplaza nuevamente su cámara en el ambiente de los sectores más marginales de  Medellín, dejando la ciudad como ese mundo distante que desconoce las cosas terribles que suceden en esas periferias olvidadas por todos.
La mujer del animal es una obra de terror y no desde el punto de vista de lo que se entiende por tal como género cinematográfico. El espanto viene dado por la dureza y la crueldad al borde de lo insoportable de la historia que trabaja, con una mujer cuya juventud es asaltada y robada por un criminal de barrio, un asesino que la condena a una esclavitud con la que ella, en algún momento clave en la construcción de la película, empieza a romper.
Ayer en la primera función de público de la película en Toronto, el director Gaviria y sus dos protagonistas principales hablaron del sentido de lo que quisieron hacer y del  alcance de liberación que tiene el desenlace del filme. Subrayaron además el sentimiento que los hechos en que se inspira el guion dejaron a la mujer que los padeció: la indiferencia de la gente que se encontraba a su alrededor, víctimas de un miedo que de alguna forma los convirtió también en victimarios.
Programada para su estreno comercial en el mes de noviembre, La mujer del animal dará mucho de qué hablar en Colombia. Ese será un momento más apropiado para analizar en detalle las virtudes y  las limitaciones de esta especie de descenso al infierno que propone la película del gran poeta y cineasta Víctor Gaviria.   



El trailer
https://www.youtube.com/watch?v=cPJ6KlUraIs

lunes, 12 de septiembre de 2016


La última película de Andrzej Wajda en Toronto

Orlando Mora


Resulta difícil para los nuevos grupos de aficionados al cine medir lo que significò para mi generación el descubrimiento de la trilogía del polaco Andrzej Wajda. Fueron tres películas en las que se planteaba con gran intensidad la lucha contra la ocupación nazi, puestas con el entusiasmo y la fe del joven director que era Wajda en ese momento. Generaciòn (1954), Canal (1955) y Cenizas y diamantes (1958) son títulos para nosotros inolvidables.

Con el polaco y también bajo la influencia de la Nueva Ola francesa se iniciò un movimiento de renovación de las cinematografías de los países socialistas que giraban en la òrbita de la Uniòn Soviètica. Fueron muchas las ilusiones que se depositaron en la onda  de transformación de esos cines nacionales, con figuras que se conocieron en Occidente básicamente gracias a los festivales internacionales de cine.

Por desgracia todo ese proceso de cambio se truncò y se malogrò como consecuencia de la fèrrea censura que se fue estableciendo en cada uno de esos países. Las direcciones de cine cayeron en manos de comisarios de la cultura y muchos directores vieron arruinadas sus carreras ante el cùmulo de obstáculos y prohibiciones que se les atravesaron.

Creo que todavía no se ha escrito un libro imprescindible con el inventario de los directores y artistas en general que fueron víctimas del acoso oficial de los dictadores comunistas de turno y también de quienes desde distintos espacios respaldaron los actos de censura. Un verdadero cementerio de creadores cuyas alas fueron brutalmente cortadas.

Estas reflexiones vienen a la cabeza a propósito de la última película de Andrzej Wajda, exhibida ayer en la edición 41 del Festival Internacional de Cine de Toronto. Afterimage es el título de la obra, presentada cuando apenas era un proyecto como la biografía  de Wladyslaw Strzeminski, un artista vanguardista de los años treinta.

Con noventa años de edad, luce casi imposible no mirar esta película como una especie de testamento del director. Y puesta en esa perspectiva, el filme deja un hondo sentimiento de pesar, con su historia  de un artista en el que apenas cuatro años, de 1948 hasta su muerte en 1952, se le desatò la màs feroz de las persecuciones por las autoridades comunistas de su país.

Hay màs dolor que ferocidad en este obra clásica, transparente y que quedarà como registro de unos tiempos de barbarie que hoy todavía, por desgracia, algunos parecen añorar.

 El trailer




domingo, 11 de septiembre de 2016


Mimosas: los caminos del cine contemporáneo

Adriana Mora

Pasò ayer sábado en la noche la película Mimosas del director de origen Gallego Oliver Laxe, un filme que llegaba precedido del buen nombre de haber ganado el premio a la mejor obra de la prestigiosa Semana de la Crìtica del festival de Cannes de este 2016.

Mimosas ejemplifica a la perfección los caminos que recorre el cine autoral contemporáneo, empeñado en negar los resortes que soportaron el cine clásico y que sirvieron para establecer su amplia conexión con el público, casi desaparecido como destinatario de las preocupaciones de los directores actuales.

En donde el cine clásico colocaba una historia clara en su contenido para el espectador, con un sentido de totalidad insoslayable y con un armado que propiciara las nociones de principio y fin, el màs contemporáneo prefiere la oscuridad y la fragmentación, de tal manera que sea el espectador el que complete su improbable  y diverso  significado.

Màs allà de la calidad de este tipo de cine, señalemos por el momento la absoluta ruptura que  propicia con el espectador de las salas comerciales, con lo cual su circulación queda condenada a los festivales de cine y a su exhibición en salas especializadas de cine arte en las grandes ciudades.  

Mimosas posee una belleza visual arrobadora y una potencia en las imágenes de alguna manera inolvidable. Ahora bien, de què va la película como preguntarìa un español?. Prefiero transcribir algunas líneas de las declaraciones del director  Oliver Laxe hablando de su obra: “La mejor manera de comunicarse es dejar una puerta abierta a la estupefacción y a la sombra”; la película “es un espejo y cada cual se mira en èl como quiera”; se trata de una especie de “western religioso”.

Tal vez no haya una lectura propiamente tal  de Mimosas y la mejor actitud frente a ella sea entregarse al puro placer de contemplar esos paisajes que apuntan a una espiritualidad innombrada, difusa. Creo recordar que Borges alguna vez hablò de Quevedo como de un escritor para escritores; el cine contemporáneo de calidad parece pensado solo para un público exclusivo, especializado.

 El trailer


https://www.youtube.com/watch?v=tazR3jGYip0

sábado, 10 de septiembre de 2016


Pariente, primera película colombiana presentada en Toronto

Orlando Mora

Luego del discreto 2016 del cine colombiano en Cannes, salvado apenas por la aparición de un nuevo cortometraje de Simòn Mesa, quedan Toronto y San Sebastiàn, los dos grandes festivales del otoño,  para medir la cosecha que al final nos dejarà el año, luego de un 2015 casi irrepetible con las cimas de El abrazo de la serpiente y La tierra y la sombra.

Si bien ni siquiera cinematografías màs importantes en historia y número de pelìculas logran cada año puntos altos de calidad, el entusiasmo casi folclórico de los colombianos nos lleva a exigir cosas que no se dan en ningún lado. Baste recordar que solo un filme de latinoamèrica apareció este año en Cannes, la brasilera Aquarius, sin que países fuertes en cine como Argentina, Brasil o Mèxico llamen a luto por esa circunstancia.

En Toronto este 2016 cuenta con una participación colombiana notable. El solo regreso de Vìctor Gaviria a la vitrina  de los festivales con el estreno mundial de La mujer del animal es ya un hecho a destacar, acompañado de otros dos filmes esperados con buenas ilusiones: Pariente de Ivàn Gaona y X Quinientos de Juàn Andrès Arango.

Ayer viernes se dio el primer pase de público de Pariente, un filme que confirma las buenas maneras de director que ya se prefiguraban en los cortometrajes de Ivàn Gaona. El tema de la violencia en el país, un asunto con el que seguramente cargarà el cine nacional como una losa durante muchos años, se mira esta vez en un momento histórico concreto, cuando los paramilitares se estaban desmovilizando a comienzos de este siglo, sin que esos acuerdos significaràn ni mucho menos su eliminación o desaparición.

En una opera prima puede darse la plenitud casi fortuita del que apenas inicia o los indicios de que se està en presencia de un verdadero realizador. A veces casi que confìo màs en los segundos, que no tendrán que enfrentarse al éxito desmedido de una primera película , que bien puede amenazar o arruinar el resto de su carrera.

En Ivàn Gaona hay un verdadero director. Posee lo màs difícil que es un sentido de la narración y de su tiempo interno, algo que aparece visible en algunas de las escenas de Pariente. Las reservas tienen que ver màs con algunas fisuras en el armado y de momentos de actuación menos logrados, pero nada suficiente para arruinar el buen sabor que nos deja la película.


viernes, 9 de septiembre de 2016


Volver a Toronto

Orlando Mora

Lleguè por vez primera al Festival de Cine de Toronto en el año de 1997 bajo el fervoroso estimulo de dos amigos a quienes la vida apuñalò prematuramente: Paul Bardwell, el director del Centro Colombo Americano y Ramiro Puerta, un colombiano que ejercía con tino y conocimiento la curaduría del cine iberoamericano en el festival.

Todo lo que escuchè de Bardwell y Puerta tuvo plena confirmación y por eso a partir de entonces nunca faltè a la cita  canadiense de septiembre hasta hace un par de años, cuando compromisos profesionales me impidieron cumplir con ese punto obligado de la agenda festivalera.

Vuelvo a Toronto luego dos años y esa pausa me sirve para ver de mejor manera lo mucho que cambian las cosas en tan poco tiempo, reflejo natural del ritmo vertiginoso en que se transforma el negocio del cine. El director y los programadores de Toronto ajustan su perspectiva y el certamen aspira a conservar su privilegiado lugar de segundo festival de cine del mundo, detrás del indestronable Cannes, incorporando y respetando las tendencias dominantes del dìa.

La inauguración con el vaquero Los siete magníficos de Antonio Fuqua, un remake de la exitosa película de 1960, marca una de las líneas dominantes del Toronto actual: la importancia que se otorga a las películas norteamericanas, trayendo al festival los grandes estrenos del otoño de ese país, interesados en mantener la tradición de que acà se estrenan en Amèrica del Norte algunas las películas que estarán en la carrera por el Oscar del año siguiente.

Sin un soporte fuerte  de la industria no es posible mantener hoy por hoy un gran festival y la industria que domina en el mundo es la norteamericana. Mientras Cannes apunta al cine de autor y destroza los proyectos comerciales de U.S.A que se atreven a pasar por La Croissette, Toronto los protege y los coloca cerca a un público que los celebra y a aplaude.

Con la locomotora de la industria norteamericana por delante, queda espacio para que el cine de corte artístico también pueda verse por la crìtica y los programadores que  concurren a Toronto masivamente. De ellas podremos hablar màs adelante, en la medida en que vayan transcurriendo los días de un otoño con  temperaturas inusualmente altas.