domingo, 26 de marzo de 2017






 

Silencio: violencia y religión

Orlando Mora


Siempre será noticia el estreno de una película de Martin Scorsese. Tras cuarenta y cinco años de actividad profesional y una filmografía que lo convierte en figura imprescindible del cine norteamericano contemporáneo, el director deja ver en Silencio que conserva intactas sus facultades creativas y el valor para comprometerse en aventuras creativas ambiciosas.

Según ha explicado el propio autor, Silencio es la realización de un proyecto que lo ha acompañado a lo largo de casi treinta años. Solo el enorme prestigio de Scorsese explica que algo que no pudo realizar en tan largo tiempo se vuelva realidad ahora, justamente cuando las condiciones de producción se han tornado más difíciles en los Estados Unidos ( solo se gestionan proyectos burdamente comerciales) y actores, guionistas y directores migran a las cada vez más atractivas y populares series de televisión.

No parece que existieran razones para mirar Silencio como el final de una supuesta trilogía junto a La última tentación de Cristo (1988) y Kundum (1997), más allá de que ellas en su conjunto reflejan una preocupación de Scorsese por la religión y por problemas morales como la culpa y las posibilidades de redención, asuntos que también aparecen en otras de perfil diferente como Taxi driver (1976) o Toro Salvaje (1982).

Cumplir al fin el deseo de adaptar la novela de Shushaku Endo tiene un inocultable valor de oportunidad. En un momento en que las guerras  religiosas sonaban a cosa obsoleta y por completo fuera de tiempo, un nuevo tipo de violencia con raíces en la religión brota en el mundo actual y pulveriza la sensación de seguridad y tranquilidad que la sociedad moderna había conquistado.

Si bien algunos subrayan los intereses  económicos que esconden, el hecho es que prácticamente desde el año 2002 las portadas de diarios y noticieros de televisión nos aterran cada día con bombas que explotan y carros que embisten en nombre de un credo religioso. El fanatismo de creer que se tiene la razón alimenta esa hoguera.

Más allá de la potencia visual y narrativa de Martin Scorsese que se mantiene, lo mejor de Silencio es la reflexión que propone acerca de la religión y la violencia que puede desatar cuando se quiere trasplantar a territorios con otras creencias. Imposible no inquietarse frente a los casi treinta minutos finales del  encuentro de los dos jesuitas,  con actitudes y decisiones que tocan con problemas morales muy profundos.

Tal vez haya más ideas que emoción en esta obra larga y pausada de un director que es ya historia y leyenda, pero con el coraje para no callarse y continuar asumiendo los riesgos de la creación.

 

 

 

miércoles, 1 de marzo de 2017






Luz de luna: La vida en tres tiempos

Orlando Mora


Lo primero que llama la atención en esta película y que el  espectador reconoce de entrada es su estructura narrativa en tres capítulos, separados por fundidos en negro y que nos hablan de tres momentos de la vida de Chiron. Curiosamente Luz de luna no abre con el protagonista y sí lo hace con una escena que remite al ambiente en que el personaje pasa su infancia, en una decisión creativa de su director para nada inocente.

Chiron niño es el eje del filme de Barry Jenkins. A partir de lo que le sucede en esos años se trazan las líneas de evolución que sostienen la arquitectura dramática del guion y cobra sentido la alternativa  de cerrar la obra de la manera en que se hace, con un plano que visual y narrativamente es como un  epítome de lo que el director ha querido decirnos y que está anclado en la infancia del protagonista.

El gran reto de Jenkins y su guion era mantener en un mismo nivel de calidad y significación los tres segmentos del filme, sin que se sintieran vacíos o fisuras en el armado. En ese sentido el resultado  no es, por lo menos para nosotros, totalmente satisfactorio y se percibe un desequilibrio en los tres relatos que caen de más a menos en cuanto a fluidez y potencia.

El primer capítulo de Luz de luna es simplemente soberbio y el que mejor refleja las virtudes de puesta en escena y pulso narrativo de Jenkins. Difícil resultará olvidar el silencio obstinado de ese niño asediado por la violencia de sus compañeros y desprovisto de cualquier apoyo familiar para enfrentar las debilidades de su condición. Allí surge el vendedor de drogas como una lejana y conmovedora figura paterna, con un trabajo de actuación de Mahershala Ali que mereció con plena justicia el Oscar a mejor actor secundario.

El destino de Chiron parece casi inevitable desde lo vivido  en los días de su infancia y luce lo suficientemente interesante como para sostener el argumento de la película. Pero al final del primer segmento se incorpora el elemento de la identidad sexual del chico, un rasgo que marca el recorrido vital del niño y que termina por concentrar y absorber  injustificadamente todo el alcance de la obra.

Si el primer capítulo se siente completo en razón de que no se  requiere de más datos para entender y conmoverse con la situación de Chiron, en los dos saltos temporales siguientes la acción se va  debilitando, flaqueza especialmente notoria en el último, cuando luego de diez años de separación se viven reencuentros que no poseen  la consistencia dramática del inicio.

No obstante el reparo anterior, queda fuera de cualquier duda el enorme talento de Barry Jenkins, un director con buen pulso narrativo y que entiende la función creativa de la cámara, que en su caso nunca se agota en el registro mecánico de las escenas, la mala herencia televisiva de gran parte del actual cine norteamericano.