miércoles, 31 de mayo de 2017













Hambre de poder: Un héroe americano


Orlando Mora


Nunca se insistirá bastante en el carácter socialmente realista del cine norteamericano. El público de ese país quiere ver en la pantalla y ya vueltos ficción hechos y acontecimientos de fuerte impacto general. Asesinatos colectivos, bombas terroristas, caídas de aviones, nuevas guerras, libros populares, actos de corrupción política, todos parecen  destinados a convertirse en películas de futura  y casi fatal realización.


Esa tendencia a hurgar en la realidad y construir los guiones a partir de ella se extiende también al pasado, con lo cual el aviso al comienzo de los filmes de estar inspirados en la realidad tiene el alcance de una especie de sello nacional  de garantía  y despierta expectativas en cabal consonancia con el gusto de los espectadores.  


Esa afición por el realismo ha  nutrido de siempre el cine norteamericano y alimenta el exitoso presente de las series de televisión, convirtiendo en cada vez más porosas e indefinibles las fronteras entre los productos que se hacen con destino a las salas de cine y los que se conciben para las pantallas pequeñas en sus distintas ventanas.


Realismo puro y duro, pero con una dramaturgia que no complique al espectador ni siembre de dudas la comprensión de los relatos. En esta premisa simple se encuentra la clave de toda la producción audiovisual comercial norteamericana y cada vez se siente con mayor peso en los creadores la necesidad  de acomodarse a ella.


En esa línea se mueve Hambre de poder ( The founder en inglés), una película de una irregularidad notoria, con algunos momentos de buen cine y otros casi insoportable  por su obviedad ( parece un rasgo propio en la filmografía del autor), plagada de explicaciones absolutamente  infantiles, como si se pensara en un público al que no se le puede omitir detalle alguno que lo perturbe.


El filme de John Lee Hancok se inspira en las memorias de Ray Kroc, un mediocre vendedor que en los años cincuenta se encontró con el negocio de comida rápida montado por los hermanos  Rick y Maurice McDonald y supo ver en él un potencial que sus inventores, unos sencillos y amistosos hombres venidos de New Hampshire a California, no habían descubierto.


El relato se construye a partir del personaje de  Ray y del discurso que lo anima en el  aprendizaje y ejercicio del oficio de ventas. No se trata de tener talento o inteligencia, se requiere persistencia y entender que los negocios son una guerra y en ellos hay que entrar sin consideraciones ni miramientos de ningún tipo.


En ese sentido Ray Kroc encarna el triunfo del sueño americano y las reservas morales que el filme despierta en muchos tienen que ver con la presentación del protagonista desde un punto de vista totalmente positivo. A lo mejor en esa ambigüedad descansa buena parte del interés de la obra, al revelar que no es Ray el que no tiene moral, es el sistema.  


Michael keaton está espléndido y se roba literalmente la película, en una actuación simplemente memorable.

martes, 16 de mayo de 2017










 
Keyla: Crónica de una ausencia
Orlando Mora
Pocas cosas extraordinarias parecen llamadas a suceder en la vida de Keyla, una adolescente de dieciocho años que habita en la isla de Providencia. Lo suyo es una sucesión de recorridos rutinarios,  de gestos mínimos, de pequeños actos en los que de pronto irrumpe una circunstancia especial: la desaparición del padre.
La fotógrafa, guionista y directora caleña Viviana Gómez Echeverry estrena comercialmente su opera prima de ficción, una película que no se desborda y  sabe conservar un tono menor que se extiende a todos los campos de la creación: el guion, la actuación, la puesta en escena, la música. Una obra discreta, contenida, que despierta esperanzadoras expectativas sobre el futuro de la realizadora.
La ausencia del padre, uno de los asuntos más recurridos y dolorosos del cine de los últimos años, consigue una versión colombiana con rasgos propios, que empiezan por el lugar en el que transcurre la acción y las características de las personas que allí habitan. Estamos en la costa, con el sol y los colores de uno de los paisajes más bellos del país, con gentes poco dadas a los excesos emotivos de  la tragedia.
Keyla está concebida deliberadamente  en un tono de crónica, en cuanto relato de los hechos que desencadena la desaparición del padre de la protagonista. En lugar de asumir la primera persona para la narración, el guion prefiere la mirada de la cámara como un tercero con la distancia suficiente para captar con atención, pero sin énfasis los sucesos que se precipitan sobre la existencia de la joven, incluida la llegada de un hermano medio del que nada  conocía hasta ese momento.   
La manera como Keyla vive el temor de la pérdida del padre, que vemos  en  los sueños y pesadillas que la agobian, resueltos con unas texturas fotográficas notables, y la relación con el hermano recién llegado son los aspectos más interesantes de la historia, que tal vez hubieran exigido un mayor desarrollo, con olvido de la subtrama que involucra a la española madre del chico y su romance con el tío de la joven.
Las primeras películas sirven ante todo como indicios que prefiguran lo que pueda venir en la carrera de los directores. Puesta bajo esta perspectiva, Keyla revela a una realizadora que le gusta caminar muy cerca de la realidad, con una preferencia por el registro íntimo y con una cámara que quiere hacer de la precisión y la austeridad sus virtudes cardinales.
Parecería inútil por lo evidente hablar del amor total que  Viviana Gómez Echeverry siente por Providencia y Santa Catalina; sin embargo, hay que decirlo y agradecer que tanta belleza en la geografía no anule las preocupaciones centrales de la obra.
 
 
 
 
  
 
 



miércoles, 3 de mayo de 2017











 


Nuestra hermana pequeña: La vida en familia


Orlando Mora




Hace años que el director Hirozaku Kore-eda ha hecho de la familia el tema recurrente de su carrera cinematográfica. En obras de alcances y pretensiones diferentes se ocupa de mostrar aspectos diferentes de una institución que tiene en la tradición de la sociedad japonesa un peso que por momentos supera nuestro horizonte, más próximo a la mirada crítica acerca de la disolución de la vida en familia.


De entrada la fidelidad a esa preocupación central ha vuelto reiterada y casi un lugar común la referencia al cine de Yasujiro Ozu, el gran maestro del cine clásico de su país. Ozu supo adentrarse como nadie en lo que sucedía en el espacio familiar de la casa, una vez se traspasaba la puerta de entrada y los personajes se despojaban de los zapatos, gesto que marca en esa cultura un propósito de preservación de lo íntimo de inocultable valor.


La brisa que agita la influencia de Ozu en Kore-Eda parece tornarse  cada vez más fuerte y Nuestra hermana pequeña se mueve claramente en esa dirección. Si bien el origen de la historia inspirada en un manga japonés algo puede tener que ver con el esquematismo deliberado de los personajes, también es cierto que el deseo de poner en sordina los dramas y evitar el énfasis es una de las herencias más fructíferas  dejadas por el autor de Cuentos de Tokio.


En la película de Kore-Eda tres hermanas viven en familia, creando unos lazos de afecto que nacen de actos estrictamente cotidianos como el aseo de la casa, la preparación de  la comida, la atención del jardín. Esa vida familiar la han debido construir  a partir de un hecho que gravita como capital en el filme y es el abandono de los padres, seguramente el asunto más relevante en la filmografía del director.


Cuánto de culpa, cuánto de remordimiento puede caber en esos padres que un día se fueron y que sobreviven lejanos en la memoria de esas tres mujeres, decididas a conservar  la familia que otros casi destruyen. No extraña por eso que el pasaje más intenso de Nuestra hermana pequeña aparezca en el momento del regreso de la madre, un personaje que lleva en el rostro el peso de las muchas heridas con que vuelve, las que no la pondrán a resguardo de los reclamos.


La llegada a la casa de una media hermana, conocida con ocasión del fallecimiento del padre ausente, es el pretexto para acercarse a la interioridad de esta vida en familia. El tiempo pasa, las estaciones se suceden, los cerezos vuelven a florecer, la muerte asoma y, sin embargo, la vida continúa, la vida cotidiana llena de sinuosidades y meandros. Hirozaku Kore-Eda la retrata con la perfección y la simplicidad de un auténtico maestro, en un trabajo que merece verse y amarse.