miércoles, 22 de febrero de 2017






Sin nadar que perder: Los nuevos desheredados de la tierra

Orlando Mora

 

Hay una mezcla fascinante de presente y pasado con un inocultable tono nostálgico y crepuscular en esta película del escoses David Mackenzie. Ese resultado se consigue gracias a las virtudes de un guion que bucea en la realidad reciente de los Estados Unidos- la crisis de las hipotecas  y la forma como muchos ciudadanos perdieron sus propiedades- y el espacio geográfico donde se ubica la trama en lo más profundo del oeste norteamericano.

Muchos de los textos escritos a propósito de Sin nada que perder aluden a una especie de vaquero moderno, referencia que se explica por la importancia de sus paisajes abiertos, el regreso de las armas como única forma de sobrevivir en un mundo en el que cada uno debe resolver las cosas por su propios medios y muy especialmente por la presencia del personaje de un viejo comisario en vísperas de pasar a retiro.

La epopeya vuelta mito de la conquista del Oeste se transforma en una historia de pérdidas y desheredamientos, en una modernización dominada por la inteligencia del guionista Taylor Sheridan, candidato este año con méritos más que justos al Oscar por mejor guion. No hay calcos prototípicos ni reiteración actualizada de los modelos dramáticos o psicológicos de las películas de vaqueros de los años cuarenta o cincuenta. Es la más cruda realidad la que se cuela por todos los poros de esta película, que habla con gentes de hoy de lo que alguien llamó hace algún tiempo la dictadura del capitalismo.

Ante ese universo  hostil y despiadado Toby Howard convoca a un hermano recién salido de prisión a que asalten bancos para consumar robos de unos pocos miles de dólares, en billetes de baja denominación y destinados a saldar una deuda hipotecaria en que se juega la única propiedad familiar, el futuro de una familia también en días de naufragio. La progresión de esa extraña línea delictiva la sigue  Marcus Hamilton, un comisario un poco racista y a punto de salida, con el que la película consigue establecer una especie de continuidad temporal entre el mundo de hoy y otro mundo que ya no existe.

Una película es tan buena como lo son sus personajes secundarios y acá ese viejo axioma de valoración renueva su validez. Hombres o mujeres que apenas tienen unos pocos segundos en la pantalla y que, sin embargo, poseen fuerza y significado en el conjunto de la obra. Volver a personajes sólidos y no a simples bocetos, narrar con planos largos sin la fragmentación televisa a la moda, olvidarse de la acción por la acción y rescatar su significado moral, en fin, valores perdidos en buena parte del cine del cine de ahora y que por fortuna reaparecen en esta magnífica obra. Mucho más por decir, pero por lo menos no callemos la lección de actuación que nos brinda Jeff Bridges.

 

 

miércoles, 15 de febrero de 2017





 

Toni Erdman: La vida está en otra parte

Orlando Mora

Nos gastamos los días  haciendo cosas, muchas cosas y entre tanto la vida pasa al lado sin que nos demos cuenta. Estas palabras son una especie de síntesis que aparece en la escena final de Toni Erdman y que corresponde a una de las ideas centrales  que vertebra la película de la ahora aclamada directora alemana Maren Ade.

Antes de ese diálogo de cierre hemos asistido a un largo metraje de ciento sesenta y dos minutos de un guion que firma la misma realizadora y al que creemos la ha hecho falta un control externo que limitara sus evidentes excesos, uno de los riesgos que se corren cuando se suman en la misma persona las funciones de director y guionista.

De entrada cualquier reparo a Toni Erdman suena problemático. Estrenada en el festival de Cannes del año anterior, allí cosechó aplausos de la crítica especializada, que la celebró incluso con el premio a mejor película. Declarado también Mejor Filme europeo del 2016, los miembros de la Federación de la Prensa Cinematográfica, Fipresci, la votaron como la mejor obra  cinematográfica del año y ahora figura en el grupo de las cinco finalistas a mejor película extranjera por el Oscar.

No hemos visto las dos obras anteriores de la directora y en esa medida queda algo de perplejidad en relación con lo que ella supone como punto de marcha en la carrera de Maren Ade. Lo que se percibe en Toni Erdman es  un talento que está más allá de cualquier discusión y que se revela en algunos pasajes del filme, con secuencias espléndidas en su ejecución y en su tiempo interno, tal como sucede con el encuentro sexual de la protagonista con un ejecutivo de la compañía o en la fiesta de cumpleaños con su desenlace en un parque de Bucarest.

Los problemas de la película pertenecen más a la concepción del guion, animado por el deseo de incorporar demasiadas  ideas y con ellas como arsenal de partida organizar la trama y su desarrollo. Eso lleva a un esquematismo  evidente en el diseño de los dos personajes centrales- la hija demasiado ejecutiva y el padre demasiado histriónico-  y a que luzcan repetidas muchas de las cosas que vemos a lo largo de sus casi tres horas de duración, lo que termina por restar credibilidad a la historia y por  despertar en el espectador sensaciones de desconcierto y fatiga.

La globalización, el sexismo en el mundo de los ejecutivos, la falta de moral del capitalismo, muchas cosas atraviesan y quieren enriquecer el sentido de Toni Erdman, más allá de la relación familiar de base en que descansa la película. Seguramente la indigencia mental de buena parte del cine actual explica el entusiasmo por la obra de Maren Ade, lejos para nosotros de los grandes filmes del 2016 como Elle de Paul Verhoeven o Yo, Daniel Blake de Ken Loach.   

miércoles, 8 de febrero de 2017




Hasta el último hombre: Los hechos de la guerra

Orlando Mora

Perderse los planos iniciales de cualquier película impide siempre una correcta y completa lectura de ella. El principio y el cierre de la obra resultan definitivos, en cuanto son ellos los que mejor revelan el sentido del discurso cinematográfico que nos propone el director, abriendo y restringiendo las posibles lecturas del texto audiovisual.
Hasta el último hombre de Mel Gibson confirma la verdad de la afirmación anterior. En la primera escena de la película asistimos a una presentación anticipada de algunos de los momentos que se vivirán en las secuencias centrales de la película, que vienen acompañados con un texto que revela el tono religioso, trascendente que el director quiere imponer como  punto de vista sobre los hechos de la guerra que va a mostrar.
De alguna manera si el filme no llega a buen puerto, ese resultado tiene que ver con que no consigue que el infierno de cualquier guerra, en este caso el combate de las tropas norteamericanas en Okinawa, en la que los historiadores juzgan como una de las batallas más sangrientas de las libradas en el frente del Pacífico, adquiera una dimensión que se corresponda con las promesas de la secuencia de apertura.
Un primer aviso de la película nos anuncia que se inspira en un hecho real, en concreto la historia del primer objetor de conciencia en el ejército de los Estados Unidos, quien adquirió estatus de auténtico héroe al conseguir salvar la vida de setenta y cinco soldados, sin tocar jamás un arma y dedicado con exclusividad a sus tareas de asistencia médica.
El solo dato de que Desmond Doss, el protagonista, pertenezca a la iglesia Adventista del Séptimo Día, no alcanza para configurar un personaje lo suficientemente potente para suministrar una perspectiva diferente al material bélico que ocupa buena parte del metraje de la obra, en especial porque allí se narra que la oposición de Doss  a las armas responde más a un trauma psicológico de la adolescencia que a convicciones religiosas profundas.  
Gibson utiliza una maquinaria visual explícita para mostrar lo salvaje y terrible de la guerra, con un exceso de violencia y sangre que no resulta fácil de entender, por lo menos si se mira desde el punto de vista de lo que en principio parecía buscar la obra. La presunta dimensión espiritual o religiosa de Doss cede ante lo inverosímil y gratuito de su gesta final, sin que los planos documentales del cierre consigan superar el desajuste.
El actor Gibson se ha puesto en cinco ocasiones detrás de la cámara y enseña maneras de director nada desdeñables, aunque el gusto por la acción se engulle en definitiva las ideas. Sus seis nominaciones al Oscar, entre ellas las más valiosas de mejor director, mejor película y mejor actor, son prueba de que otros juzgan con más aprecio este trabajo.