miércoles, 26 de abril de 2017


 




Un momento de amor: La pasión según Gabrielle

Orlando Mora

 

Con desgano evidente se estrenó en Medellín la película francesa Un momento de amor de Nicole Garcia. Una sola sala en la ciudad y  horarios limitados ciertos días, lo que da cuenta de la escasa fe que se tiene en sus posibilidades comerciales, a pesar de un antecedente llamativo como su selección para la competencia por la Palma de Oro en el festival de Cannes del 2016.

Nicole Garcia es una figura respetable de la cinematografía de su país. Actriz de teatro y cine desde finales de los años sesenta, en 1986 inició su carrera como directora, en un ejercicio de vocación compartida en el que poco a poco y a medida que pasan los años va ganando terreno su interés en la dirección.

Hasta donde logro recordar ahora su filmografía, Un momento de amor es tal vez su filme más ambicioso por el retrato impulsivo, intenso que ha querido dar de la protagonista, una mujer que desde su juventud revela un malestar vital, un desacomodo con sus circunstancias sociales, con raíces quizá en la fuerza de una pasión inaceptable para el ambiente campesino en que se mueve y los años cincuenta en que transcurre la acción.

El título original de la obra nos ofrece una pista acerca de la órbita en que pretende moverse la directora. Le mal de pierres (cálculos renales) de que padece Gabrielle tiene un carácter más simbólico que real y apunta al desajuste de ella con el estrecho marco existencial en que está  condenada a moverse.

En ese sentido posee plena lógica que cuando es internada para un tratamiento curativo de su enfermedad, en el sanatorio encuentre un camino que le devuelve su plenitud como mujer y ante  ese hallazgo ella decida sacrificarlo todo, aunque luego la directora, demasiado inteligente para jugarse en una solución mistificadora, ensaye una vuelta de tuerca para proponer una relectura de todo el relato.

El problema es que el salto de esa relectura tiene un apoyo exclusivo en el guion, sin que los detalles de la puesta en escena hayan ido tejiendo la indispensable red de protección  para precaver el riesgo de  la arbitrariedad, algo que finalmente no consigue.

Una actriz que dirige será siempre garantía y los ojos y el cuerpo de Marion Cotillard nos empujan esta vez al borde de los mejores sueños.

   

 

domingo, 16 de abril de 2017


Cannes 2017: Notas preliminares a un festival por venir

Orlando Mora



El pasado jueves 13 de abril Tierry Frémaux, el Delegado General o Director Artístico y Pierre Lescure, el presidente, anunciaron en París la programación de los dos apartados oficiales del próximo Festival Internacional de Cine de Cannes a realizarse entre el 17 y el 28 del mes de mayo. Allí se revelaron los dieciocho títulos que estarán en competencia por la codiciada Palma de Oro y  los dieciséis de Un Certain Regard, a más de otros que irán fuera de concurso o en funciones especiales. En los próximos días se conocerá la programación de las dos prestigiosas secciones paralelas;  la Quincena de los Realizadores y la Semana de la Crítica.

Lo primero que llama la atención, conforme a lo reseñado por los periódicos franceses, es el incremento en el número de películas que los organizadores dicen haber revisado para la selección final. Este año fueron 1.930 filmes en lugar de los 1.665 del 2010, lo que da cuenta en cifras de un fenómeno observable en todos los países del mundo y es la manera como las nuevas tecnologías están disparando la cantidad de  películas que se hacen, en una relación insalvablemente asimétrica con las posibilidades y los espacios para la exhibición. Cada vez una mayor parte de la producción estará condenada a no ser estrenada en ninguna de las ventanas comerciales: los teatros, el video, la televisión y las plataformas digitales, con lo cual miles y miles de millones de dólares quedarán enterrados y perdidos irremediablemente.

Si Cannes es la primera vitrina comercial y artística del cine, es lógico esperar que el festival ofrezca en su programación una muestra ilustrativa de lo que ahora sucede con la industria del audiovisual  y hacia allá apuntan, aunque tal vez de una manera tímida, algunos de los anuncios de la rueda de prensa del pasado jueves. Se habla de la instalación que presentará el director mexicano Alejandro González Iñárritu, de la película coreana Okja de Bong Joon Hoo y la norteamericana Meyerowitz stories de Noah Baumbach que irán directamente a ser estrenadas en Netflix y de la exhibición de capítulos de las series de televisión Twin peaks de David Lynch y Top of the lake de Jane Campion.

En la marea de la posmodernidad  las cosas cambian y Cannes quiere dar cuenta de ellos. Hoy los directores de cine no son solo directores, son artistas que dirigen y hacen a ratos instalaciones; las plataformas digitales posen tal poder que pueden darse el  lujo de reservarse el estreno de un producto tan costoso como una película; las fronteras entre el cine y la televisión son  más porosas que nunca, en un proceso de influencia recíproca que quizá enriquezca la televisión pero probablemente empobrezca el cine. En fin, señales de los nuevos tiempos que corren, en un festival que se promociona bajo uno de los afiches más hermosos de los últimos años y en el que el cine iberoamericano ha sido borrado totalmente de la competencia oficial.

 

 


miércoles, 5 de abril de 2017




 

Noche herida: El penoso transcurrir de los días

Orlando Mora

 

Al final de Noche herida un aviso le cuenta al espectador que la película forma parte de una trilogía de Nicolás Rincón Gille bajo el título de Campo hablado. La importancia de esa adscripción aparece mencionada en alguna entrevista con el director y la destacan varios de los críticos que se han ocupado de ella en distintos medios.

No he visto En lo escondido (2007)  y Los abrazos del río (2010), los otros dos títulos de la trilogía  y supongo que esa circunstancia afecta mi mirada de Noche herida. Lo digo porque no encuentro en la obra algunas de las cosas que en las reseñas referidas se destacan; no veo que en ella se responda a la pregunta “Qué pasa con la tradición popular del campo cuando la violencia viene a destruir completamente, no tanto la tradición sino a la gente”, que anuncia Marta Ligia Parra o lo de “El universo de la tradición oral campesina siempre me ha apasionado”, que menciona el realizador.

Lo que de entrada se encuentra en Noche herida es la lucha silenciosa, obstinada de una abuela por proteger a tres nietos de los peligros del ambiente.  Malviven hacinados en un rancho miserable en las afueras de Bogotá, con vecinos que comparten con ellos el drama del desplazamiento y la violencia. Blanca Rodríguez es la protagonista de la misma gesta heroica de miles de mujeres en Colombia, obligadas a llevar a hombros el día a día y la cotidianidad  de sus familias, con niños y adolescentes que terminarán casi con seguridad atrapados en las ruedas de un destino  que no les brinda salidas.

Rotulado como documental, hay en el trabajo de Nicolás Rincón algunos aspectos dignos de mención. El primero de ellos es la manera como está construido, con una dramaturgia y una puesta en escena que transitan terrenos habituales del cine de ficción. Si no fuera por los créditos finales que informan de la identidad de quienes hemos visto tratados como personajes, el público pudiera pensar que se trata de actores no profesionales en papeles inspirados en la realidad o seres reales interpretándose a ellos mismos.

Algo más intensifica la sensación de ficción y es el tipo de encuadre que se utiliza, con la cámara casi fija y colocada ligeramente en contrapicado (mirada de abajo hacia arriba), un tratamiento visual que por su rigor parece descartar la improvisación del registro. Igualmente los diálogos apuntan a un cuidadoso trabajo de preparación y presumiblemente a un guion que seleccionó escenas y momentos, con un armado que evita las líneas emocionales ascendentes y prefiere permanecer en la repetición de gestos y actos de la vida diaria de Blanca, sus nietos y su vecina.

Avanza también el documental en Colombia y que Noche herida llegue a las salas comerciales es un hecho a celebrar, junto a la revelación de un director interesado en búsquedas expresivas esperanzadoramente personales.