domingo, 13 de agosto de 2017











 


Mañana a esta hora: el rumor de la vida que pasa


Orlando Mora




En Colombia el dolor y el sufrimiento  se suceden generados por la violencia absurda que estremece el día a día de la gente. El cine, arte raigalmente realista, tiende a encontrar en esos universos sus temáticas y en buena medida las películas nacionales privilegian historias terribles  de  desplazados, de víctimas, de minorías oprimidas.


La urgencia de ese registro tiene un precio y es el olvido del drama  cotidiano de hombres y mujeres que simplemente ejercen el oficio de vivir y que sobrellevan las penas del día a día, en una especie de heroicidad callada que se va quedando sin voz y sin eco.


Las palabras anteriores parecen necesarias a la hora de referirse a Mañana a esta hora, el segundo filme de la directora colombiana Lina Rodríguez, una obra entrañable, íntima, que por fortuna ha encontrado espacio en una cartelera comercial poca propicia para este tipo de material.


Los antecedentes de Rodríguez con Señoritas, su opera prima, brindaban promisorias expectativas sobre los pasos siguientes de la directora, que ahora por fortuna se confirman. Esa música lejana que escucha el artista y que inspira su creación suena esta vez más clara y precisa. Menos experimentación, más depuración y una evidente ganancia en concentración y concisión.


Rodríguez vive hace muchos años en Canadá y no suena descaminado asumir que esa distancia le ha permitido acercarse con mejor oído al drama íntimo de una  familia que simplemente vive, con las dificultades, los encuentros y desencuentros  normales  y en la que el hachazo brutal  de la muerte dejará  heridas y obligará a buscar el equilibrio indispensable para poder seguir.


Desde Señoritas era claro que a la directora no le interesa contar historias completas, en las que la mano arbitraria del guionista establece una causalidad que en la realidad no existe. Rodríguez prefiere mostrar momentos y que el espectador restaure en su mente la totalidad fáctica que la película no puede y no quiere ofrecer.


Ese efecto de un relato más amplio lo consigue Lina Rodríguez mediante un manejo inteligente del fuera de campo visual y sonoro (algo más está sucediendo que no vemos), una puesta en escena con actores de  pocos movimientos en el interior del cuadro y una cámara fija, salvo algún travelling ocasional, que trabaja planos-secuencias que contienen cada uno una unidad narrativa.


Pensar que Mañana a esta hora trata de la vida de una familia es cierto, pero de verdad incompleta. Los planos de apertura y cierre construyen una metáfora sobre el tiempo y acaso sobre la transitoriedad y la precariedad del discurrir humano, en un hallazgo que nos habla de una directora de sensibilidad y talento ahora indiscutibles.  


 


 


 


 


 


 

miércoles, 31 de mayo de 2017













Hambre de poder: Un héroe americano


Orlando Mora


Nunca se insistirá bastante en el carácter socialmente realista del cine norteamericano. El público de ese país quiere ver en la pantalla y ya vueltos ficción hechos y acontecimientos de fuerte impacto general. Asesinatos colectivos, bombas terroristas, caídas de aviones, nuevas guerras, libros populares, actos de corrupción política, todos parecen  destinados a convertirse en películas de futura  y casi fatal realización.


Esa tendencia a hurgar en la realidad y construir los guiones a partir de ella se extiende también al pasado, con lo cual el aviso al comienzo de los filmes de estar inspirados en la realidad tiene el alcance de una especie de sello nacional  de garantía  y despierta expectativas en cabal consonancia con el gusto de los espectadores.  


Esa afición por el realismo ha  nutrido de siempre el cine norteamericano y alimenta el exitoso presente de las series de televisión, convirtiendo en cada vez más porosas e indefinibles las fronteras entre los productos que se hacen con destino a las salas de cine y los que se conciben para las pantallas pequeñas en sus distintas ventanas.


Realismo puro y duro, pero con una dramaturgia que no complique al espectador ni siembre de dudas la comprensión de los relatos. En esta premisa simple se encuentra la clave de toda la producción audiovisual comercial norteamericana y cada vez se siente con mayor peso en los creadores la necesidad  de acomodarse a ella.


En esa línea se mueve Hambre de poder ( The founder en inglés), una película de una irregularidad notoria, con algunos momentos de buen cine y otros casi insoportable  por su obviedad ( parece un rasgo propio en la filmografía del autor), plagada de explicaciones absolutamente  infantiles, como si se pensara en un público al que no se le puede omitir detalle alguno que lo perturbe.


El filme de John Lee Hancok se inspira en las memorias de Ray Kroc, un mediocre vendedor que en los años cincuenta se encontró con el negocio de comida rápida montado por los hermanos  Rick y Maurice McDonald y supo ver en él un potencial que sus inventores, unos sencillos y amistosos hombres venidos de New Hampshire a California, no habían descubierto.


El relato se construye a partir del personaje de  Ray y del discurso que lo anima en el  aprendizaje y ejercicio del oficio de ventas. No se trata de tener talento o inteligencia, se requiere persistencia y entender que los negocios son una guerra y en ellos hay que entrar sin consideraciones ni miramientos de ningún tipo.


En ese sentido Ray Kroc encarna el triunfo del sueño americano y las reservas morales que el filme despierta en muchos tienen que ver con la presentación del protagonista desde un punto de vista totalmente positivo. A lo mejor en esa ambigüedad descansa buena parte del interés de la obra, al revelar que no es Ray el que no tiene moral, es el sistema.  


Michael keaton está espléndido y se roba literalmente la película, en una actuación simplemente memorable.

martes, 16 de mayo de 2017










 
Keyla: Crónica de una ausencia
Orlando Mora
Pocas cosas extraordinarias parecen llamadas a suceder en la vida de Keyla, una adolescente de dieciocho años que habita en la isla de Providencia. Lo suyo es una sucesión de recorridos rutinarios,  de gestos mínimos, de pequeños actos en los que de pronto irrumpe una circunstancia especial: la desaparición del padre.
La fotógrafa, guionista y directora caleña Viviana Gómez Echeverry estrena comercialmente su opera prima de ficción, una película que no se desborda y  sabe conservar un tono menor que se extiende a todos los campos de la creación: el guion, la actuación, la puesta en escena, la música. Una obra discreta, contenida, que despierta esperanzadoras expectativas sobre el futuro de la realizadora.
La ausencia del padre, uno de los asuntos más recurridos y dolorosos del cine de los últimos años, consigue una versión colombiana con rasgos propios, que empiezan por el lugar en el que transcurre la acción y las características de las personas que allí habitan. Estamos en la costa, con el sol y los colores de uno de los paisajes más bellos del país, con gentes poco dadas a los excesos emotivos de  la tragedia.
Keyla está concebida deliberadamente  en un tono de crónica, en cuanto relato de los hechos que desencadena la desaparición del padre de la protagonista. En lugar de asumir la primera persona para la narración, el guion prefiere la mirada de la cámara como un tercero con la distancia suficiente para captar con atención, pero sin énfasis los sucesos que se precipitan sobre la existencia de la joven, incluida la llegada de un hermano medio del que nada  conocía hasta ese momento.   
La manera como Keyla vive el temor de la pérdida del padre, que vemos  en  los sueños y pesadillas que la agobian, resueltos con unas texturas fotográficas notables, y la relación con el hermano recién llegado son los aspectos más interesantes de la historia, que tal vez hubieran exigido un mayor desarrollo, con olvido de la subtrama que involucra a la española madre del chico y su romance con el tío de la joven.
Las primeras películas sirven ante todo como indicios que prefiguran lo que pueda venir en la carrera de los directores. Puesta bajo esta perspectiva, Keyla revela a una realizadora que le gusta caminar muy cerca de la realidad, con una preferencia por el registro íntimo y con una cámara que quiere hacer de la precisión y la austeridad sus virtudes cardinales.
Parecería inútil por lo evidente hablar del amor total que  Viviana Gómez Echeverry siente por Providencia y Santa Catalina; sin embargo, hay que decirlo y agradecer que tanta belleza en la geografía no anule las preocupaciones centrales de la obra.
 
 
 
 
  
 
 



miércoles, 3 de mayo de 2017











 


Nuestra hermana pequeña: La vida en familia


Orlando Mora




Hace años que el director Hirozaku Kore-eda ha hecho de la familia el tema recurrente de su carrera cinematográfica. En obras de alcances y pretensiones diferentes se ocupa de mostrar aspectos diferentes de una institución que tiene en la tradición de la sociedad japonesa un peso que por momentos supera nuestro horizonte, más próximo a la mirada crítica acerca de la disolución de la vida en familia.


De entrada la fidelidad a esa preocupación central ha vuelto reiterada y casi un lugar común la referencia al cine de Yasujiro Ozu, el gran maestro del cine clásico de su país. Ozu supo adentrarse como nadie en lo que sucedía en el espacio familiar de la casa, una vez se traspasaba la puerta de entrada y los personajes se despojaban de los zapatos, gesto que marca en esa cultura un propósito de preservación de lo íntimo de inocultable valor.


La brisa que agita la influencia de Ozu en Kore-Eda parece tornarse  cada vez más fuerte y Nuestra hermana pequeña se mueve claramente en esa dirección. Si bien el origen de la historia inspirada en un manga japonés algo puede tener que ver con el esquematismo deliberado de los personajes, también es cierto que el deseo de poner en sordina los dramas y evitar el énfasis es una de las herencias más fructíferas  dejadas por el autor de Cuentos de Tokio.


En la película de Kore-Eda tres hermanas viven en familia, creando unos lazos de afecto que nacen de actos estrictamente cotidianos como el aseo de la casa, la preparación de  la comida, la atención del jardín. Esa vida familiar la han debido construir  a partir de un hecho que gravita como capital en el filme y es el abandono de los padres, seguramente el asunto más relevante en la filmografía del director.


Cuánto de culpa, cuánto de remordimiento puede caber en esos padres que un día se fueron y que sobreviven lejanos en la memoria de esas tres mujeres, decididas a conservar  la familia que otros casi destruyen. No extraña por eso que el pasaje más intenso de Nuestra hermana pequeña aparezca en el momento del regreso de la madre, un personaje que lleva en el rostro el peso de las muchas heridas con que vuelve, las que no la pondrán a resguardo de los reclamos.


La llegada a la casa de una media hermana, conocida con ocasión del fallecimiento del padre ausente, es el pretexto para acercarse a la interioridad de esta vida en familia. El tiempo pasa, las estaciones se suceden, los cerezos vuelven a florecer, la muerte asoma y, sin embargo, la vida continúa, la vida cotidiana llena de sinuosidades y meandros. Hirozaku Kore-Eda la retrata con la perfección y la simplicidad de un auténtico maestro, en un trabajo que merece verse y amarse.


 


 

miércoles, 26 de abril de 2017


 




Un momento de amor: La pasión según Gabrielle

Orlando Mora

 

Con desgano evidente se estrenó en Medellín la película francesa Un momento de amor de Nicole Garcia. Una sola sala en la ciudad y  horarios limitados ciertos días, lo que da cuenta de la escasa fe que se tiene en sus posibilidades comerciales, a pesar de un antecedente llamativo como su selección para la competencia por la Palma de Oro en el festival de Cannes del 2016.

Nicole Garcia es una figura respetable de la cinematografía de su país. Actriz de teatro y cine desde finales de los años sesenta, en 1986 inició su carrera como directora, en un ejercicio de vocación compartida en el que poco a poco y a medida que pasan los años va ganando terreno su interés en la dirección.

Hasta donde logro recordar ahora su filmografía, Un momento de amor es tal vez su filme más ambicioso por el retrato impulsivo, intenso que ha querido dar de la protagonista, una mujer que desde su juventud revela un malestar vital, un desacomodo con sus circunstancias sociales, con raíces quizá en la fuerza de una pasión inaceptable para el ambiente campesino en que se mueve y los años cincuenta en que transcurre la acción.

El título original de la obra nos ofrece una pista acerca de la órbita en que pretende moverse la directora. Le mal de pierres (cálculos renales) de que padece Gabrielle tiene un carácter más simbólico que real y apunta al desajuste de ella con el estrecho marco existencial en que está  condenada a moverse.

En ese sentido posee plena lógica que cuando es internada para un tratamiento curativo de su enfermedad, en el sanatorio encuentre un camino que le devuelve su plenitud como mujer y ante  ese hallazgo ella decida sacrificarlo todo, aunque luego la directora, demasiado inteligente para jugarse en una solución mistificadora, ensaye una vuelta de tuerca para proponer una relectura de todo el relato.

El problema es que el salto de esa relectura tiene un apoyo exclusivo en el guion, sin que los detalles de la puesta en escena hayan ido tejiendo la indispensable red de protección  para precaver el riesgo de  la arbitrariedad, algo que finalmente no consigue.

Una actriz que dirige será siempre garantía y los ojos y el cuerpo de Marion Cotillard nos empujan esta vez al borde de los mejores sueños.

   

 

domingo, 16 de abril de 2017


Cannes 2017: Notas preliminares a un festival por venir

Orlando Mora



El pasado jueves 13 de abril Tierry Frémaux, el Delegado General o Director Artístico y Pierre Lescure, el presidente, anunciaron en París la programación de los dos apartados oficiales del próximo Festival Internacional de Cine de Cannes a realizarse entre el 17 y el 28 del mes de mayo. Allí se revelaron los dieciocho títulos que estarán en competencia por la codiciada Palma de Oro y  los dieciséis de Un Certain Regard, a más de otros que irán fuera de concurso o en funciones especiales. En los próximos días se conocerá la programación de las dos prestigiosas secciones paralelas;  la Quincena de los Realizadores y la Semana de la Crítica.

Lo primero que llama la atención, conforme a lo reseñado por los periódicos franceses, es el incremento en el número de películas que los organizadores dicen haber revisado para la selección final. Este año fueron 1.930 filmes en lugar de los 1.665 del 2010, lo que da cuenta en cifras de un fenómeno observable en todos los países del mundo y es la manera como las nuevas tecnologías están disparando la cantidad de  películas que se hacen, en una relación insalvablemente asimétrica con las posibilidades y los espacios para la exhibición. Cada vez una mayor parte de la producción estará condenada a no ser estrenada en ninguna de las ventanas comerciales: los teatros, el video, la televisión y las plataformas digitales, con lo cual miles y miles de millones de dólares quedarán enterrados y perdidos irremediablemente.

Si Cannes es la primera vitrina comercial y artística del cine, es lógico esperar que el festival ofrezca en su programación una muestra ilustrativa de lo que ahora sucede con la industria del audiovisual  y hacia allá apuntan, aunque tal vez de una manera tímida, algunos de los anuncios de la rueda de prensa del pasado jueves. Se habla de la instalación que presentará el director mexicano Alejandro González Iñárritu, de la película coreana Okja de Bong Joon Hoo y la norteamericana Meyerowitz stories de Noah Baumbach que irán directamente a ser estrenadas en Netflix y de la exhibición de capítulos de las series de televisión Twin peaks de David Lynch y Top of the lake de Jane Campion.

En la marea de la posmodernidad  las cosas cambian y Cannes quiere dar cuenta de ellos. Hoy los directores de cine no son solo directores, son artistas que dirigen y hacen a ratos instalaciones; las plataformas digitales posen tal poder que pueden darse el  lujo de reservarse el estreno de un producto tan costoso como una película; las fronteras entre el cine y la televisión son  más porosas que nunca, en un proceso de influencia recíproca que quizá enriquezca la televisión pero probablemente empobrezca el cine. En fin, señales de los nuevos tiempos que corren, en un festival que se promociona bajo uno de los afiches más hermosos de los últimos años y en el que el cine iberoamericano ha sido borrado totalmente de la competencia oficial.

 

 


miércoles, 5 de abril de 2017




 

Noche herida: El penoso transcurrir de los días

Orlando Mora

 

Al final de Noche herida un aviso le cuenta al espectador que la película forma parte de una trilogía de Nicolás Rincón Gille bajo el título de Campo hablado. La importancia de esa adscripción aparece mencionada en alguna entrevista con el director y la destacan varios de los críticos que se han ocupado de ella en distintos medios.

No he visto En lo escondido (2007)  y Los abrazos del río (2010), los otros dos títulos de la trilogía  y supongo que esa circunstancia afecta mi mirada de Noche herida. Lo digo porque no encuentro en la obra algunas de las cosas que en las reseñas referidas se destacan; no veo que en ella se responda a la pregunta “Qué pasa con la tradición popular del campo cuando la violencia viene a destruir completamente, no tanto la tradición sino a la gente”, que anuncia Marta Ligia Parra o lo de “El universo de la tradición oral campesina siempre me ha apasionado”, que menciona el realizador.

Lo que de entrada se encuentra en Noche herida es la lucha silenciosa, obstinada de una abuela por proteger a tres nietos de los peligros del ambiente.  Malviven hacinados en un rancho miserable en las afueras de Bogotá, con vecinos que comparten con ellos el drama del desplazamiento y la violencia. Blanca Rodríguez es la protagonista de la misma gesta heroica de miles de mujeres en Colombia, obligadas a llevar a hombros el día a día y la cotidianidad  de sus familias, con niños y adolescentes que terminarán casi con seguridad atrapados en las ruedas de un destino  que no les brinda salidas.

Rotulado como documental, hay en el trabajo de Nicolás Rincón algunos aspectos dignos de mención. El primero de ellos es la manera como está construido, con una dramaturgia y una puesta en escena que transitan terrenos habituales del cine de ficción. Si no fuera por los créditos finales que informan de la identidad de quienes hemos visto tratados como personajes, el público pudiera pensar que se trata de actores no profesionales en papeles inspirados en la realidad o seres reales interpretándose a ellos mismos.

Algo más intensifica la sensación de ficción y es el tipo de encuadre que se utiliza, con la cámara casi fija y colocada ligeramente en contrapicado (mirada de abajo hacia arriba), un tratamiento visual que por su rigor parece descartar la improvisación del registro. Igualmente los diálogos apuntan a un cuidadoso trabajo de preparación y presumiblemente a un guion que seleccionó escenas y momentos, con un armado que evita las líneas emocionales ascendentes y prefiere permanecer en la repetición de gestos y actos de la vida diaria de Blanca, sus nietos y su vecina.

Avanza también el documental en Colombia y que Noche herida llegue a las salas comerciales es un hecho a celebrar, junto a la revelación de un director interesado en búsquedas expresivas esperanzadoramente personales.