domingo, 24 de septiembre de 2017











El fin de la guerra: una historia que todavía no se escribe


Orlando Mora


El cine documental se construye  con imágenes tomadas de la realidad, imágenes que poseen la condición de materia prima imprescindible sin la cual es prácticamente imposible navegar en las aguas de un cine testimonial. Pero es evidente que ellas no alcanzan ni son suficientes para la realización de un buen documental.


Lo que importa en definitiva es la forma y el punto de vista de la construcción. El gran documentalista mexicano Nicolás Echeverría me  decía en su reciente visita a Medellín: igual que en un edificio que se levanta, el documental requiere de andamios, de anclajes de apoyo que se utilizan para la construcción y luego desaparecen, dejando que los ojos del espectador contemplen el espectáculo de la obra terminada.


El fin de la guerra, el documental de Marc Silver que acaba de estrenarse en el país, carece de forma y no dispone de  un punto de vista que comunique un verdadero sentido al material visual que previamente se había recogido. El intento de unificación que proporciona la presencia del periodista Jorge Enrique Botero, testigo privilegiado de muchos de los momentos de la guerra y del llamado proceso de paz con las FARC-EP , no alcanza para esos fines.


El único principio de orden que se utilizó por Silver y su equipo técnico fue el cronológico, tratando de poner las imágenes en una sucesión temporal que diera cuenta de las conversaciones del Gobierno con el Secretariado de la organización guerrillera y del acuerdo final, sometido a las contingencias de una consulta popular prometida, fallida y al final  burlada, tal como se menciona en la película.


La dificultad estriba en que un proceso tan largo y dilatado en el tiempo no podía apresarse en la duración normal de un filme, por lo cual resultaba imperioso encontrar un criterio de  organización y articulación del material, so pena de que el resultado artístico se agotara en lo simplemente periodístico y divulgativo, que es lo que acá finalmente sucede.


Las negociaciones adelantadas por el Gobierno y las FARC plantean demasiados interrogantes, cualquiera de los cuales hubiera bastado como ángulo de enfoque para seleccionar y comunicar a las imágenes de que se disponía la densidad y profundidad que un buen documental necesita. Lo que encontramos en  El fin de la guerra son registros útiles, valiosos por su fuerza testimonial y que alguna vez, junto a otros surgidos de documentales recientes, servirán para escribir la historia que el trabajo de Marc Silver tampoco consigue.

domingo, 10 de septiembre de 2017





La desaparición de las películas como noticia

Orlando Mora
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Acaba de concluir la edición 74 de la Mostra  de Cine de Venecia, el festival más antiguo del mundo y en ese sentido la génesis de unos eventos que mucho tuvieron que ver con la consolidación del cine como un medio de expresión con el director como verdadero autor. Entre los varios factores que impulsaron el desarrollo del cine de autor  a partir de la década del cuarenta del siglo pasado, los festivales  ocupan un lugar de privilegio que no debiera olvidarse.

La buena nueva de la edición 2017 fue que el León de Oro, la estatuilla que recompensa la mejor película, fue a parar por vez primera a manos de un director mexicano. Artesano hábil como pocos y con una imaginación que bucea en aguas profundas de la infancia, Guillermo del Toro sobresalió desde su primera aparición en Cannes con Cronos en 1993. Tentado muy pronto  por la industria internacional, hace varios que lucha al lado de  compatriotas como Alfonso Cuarón y Alejandro González Iñárritu por mantener un cine de perfiles  personales, trabajando en las propias entrañas del engranaje industrial de Hollywood.

Hubo un tiempo en que los festivales, los directores  y las películas fueron noticia. Fueron los años dorados de la cinefilia cuando el inicio de  rodajes o el lanzamiento de nuevas obras de directores como Federico Fellini, Ingmar Bergman, Roberto Rossellini, Alfred Hitichcock, etc eran registrados por los medios y en esa medida la asistencia a los festivales donde se estrenaba ese material se tornaba conveniente.

El auge del cine de autor obligó a que la Prensa escrita incorporara críticos de cine a sus plantillas de colaboradores, con espacios generosos en los suplementos literarios y en las ediciones diarias para registrar los estrenos y calificar sus bondades o limitaciones. En el caso de Colombia, es una simple rememoración personal, todavía recuerdo las notas de Jorge Gaitán Durán, Gabriel García Márquez, Hernando Salcedo Silva, Ugo Barti o Hernando Valencia Goelkel.

El desarrollo tecnológico voraz y vertiginoso de los últimos años fue creando prácticas de lectura rápida y restando espacio a los periódicos y medios escritos para sustituirlos por las redes sociales con sus manías y sus tips. Así los críticos de cine empezaron a desaparecer de los equipos de redacción, se fue esfumando la información sobre los festivales y el tema quedó a cargo de periodistas generales con un cubrimiento que ha perdido en extensión y profundidad.

En la medida en que no están los críticos como personal estable, lo que se publica sobre el cine o quizá mejor sobre la industria audiovisual, se ha reducido a su dimensión más espectacular y por eso lo que ahora se cubre y se registra son las noticias sobre Netflix y las nuevas plataformas o sobre la asistencia de los actores y actrices más mediáticos a los festivales. Pero nada se dice  sobre las películas, que cargan hoy con  una pesada loza de silencio.

Por eso alguien que no haya estado en Venecia, como  es mi caso, ignora por completo lo que aconteció con filmes que allí se exhibieron y que  interesaban bastante como Downsizing de Alexander Payne, Mektoub de Abdellatif Kechiche, Outrage de Hirozaku Kore-Eda o La villa de Roberto Guédiguian, por ejemplo. Pero sucede eso: que las películas ya no son noticia.