martes, 22 de noviembre de 2016




Esperando al rey: Los caminos al infierno
Orlando Mora

Una sensación de frío, casi de pavor se siente en presencia de Esperando al rey, la última película del alemán Tom Tykver. Y no por la  historia del filme, es por la historia del director. Lo que se impone de golpe ante una muestran tan flagrante de mediocridad es la constatación de la manera como la industria norteamericana caza y destruye talentos, en una reiteración de los riesgos que se toman cuando un realizador resuelve escuchar ciertos cantos de sirena.
Con algo más de cincuenta años de edad, Tykver fue una de las voces más originales y potentes surgidas en el  cine alemán de la década del noventa. Había misterio y fascinación en los planos de sus primeras obras, con un título emblemático como Corre, Lola, corre (1998) en la cresta de la ola. 
Vino a continuación lo que suele venir en esos casos: los contadores que  manejan hoy la producción norteamericana les gusta apostar a triunfadores y saben tentarlos con los recursos y facilidades de su sistema de producción. Muchos caen en la tentación, Tykver lo hizo, pensando con ingenuidad que podrán preservar su integridad artística en medio de la infernal maquinaria de Hollywood.
Unos pocos lo consiguen, se integran a la industria de los Estados Unidos y se convierten en eficientes y en oportunidades notables directores del cine norteamericano. Esos casos excepcionales confirman la gravedad de los peligros de trabajar en una industria que privilegia el rodaje sobre las etapas posteriores del proceso creativo y que poco a poco va logrando que lo personal ceda ante las exigencias del sistema.
Tykver comenzó a recorrer ese mal camino con Heaven en el año 2002. Cada nueva obra suya  a partir de entonces es otro paso en esa especie de apagamiento de las luces que iluminaban sus primeras películas, cada vez menos sugestivas y más cercanas a la producción comercial media norteamericana.
Esperando al rey se basa en una novela de Dave Eggers que no he leído. En esa medida no sé cuánto de las flaquezas y los huecos  de la película se deban a la obra original y cuánto a limitaciones de la adaptación y la realización. El esqueleto de la historia tenía sustancia y bien pudo llevar a otro resultado; el problema es el tono que adopta y que prefiere insistir en los aspectos más complacientes de la trama, como si desconfiara de la inteligencia del espectador y quisiera remarcar lo más obvio y evidente.
Del Tom Tykver de antes quedan algunos rastros: la fuerza en la composición de los planos, el gusto por la música, el control en la dirección de los actores. Algo así como los gestos distantes de alguien a quien se conoce y ahora se desdibuja.   


martes, 15 de noviembre de 2016




Jericó: El infinito vuelo de los días
Orlando Mora

“Un país sin cine documental es como una familia sin álbum fotográfico”, dijo alguna vez el cineasta chileno Patricio Guzmán. La frase vuelve a la memoria a propósito de la opera prima de Catalina Mesa, una pieza con una serie de virtudes dignas de mención, la primera de las cuales tiene que ser la de contribuir a conservar una memoria de cosas que no deben olvidarse.
El cine en general posee un valor etnográfico en cuanto su unidad básica, el plano, se construye con elementos tomados de la realidad. Cuando pasan los años y el mundo referencial de esos planos ya no existe, queda el rastro de unas imágenes que nos hablan desde un pasado que siempre será importante, en cuanto huella que recuerde el tránsito fugaz de seres que alguna vez fueron y ahora ya no están.
Todo es tiempo, como enseña Borges y poco o nada se puede hacer contra su marcha destructiva, salvo quizás intentar salvar momentos a través del registro veraz de la fotografía y el audiovisual. Es una forma de lucha contra el olvido, una de las pocas posibles y en todo caso, la más efectiva. Fijar el tiempo, detenerlo en imágenes y esperar que otros, los por venir, logren descifrar en ellas el sentido de un mundo que ya no existe.
Eso es Jericó, el infinito vuelo de los días, el documental de Catalina Mesa que ahora se exhibe en la ciudad. Un ejercicio de conservación de la memoria que nunca acabaremos de agradecer, una pieza con vocación de perdurabilidad, una película sobre un presente que en pocos días será pasado y que por anticipado la directora rescata del olvido y fija en unos planos de  belleza justa y emoción contenida.
En momentos en que el documental avanza hacia terrenos de experimentación notables y de fuertes tintes autorales, Mesa cede en el protagonismo de  autor y centra su trabajo en el registro de lo que cuentan de sus vidas un grupo de mujeres mayores de Jericó. No hay ninguna pretensión de tesis ni se camina en   un discurso superpuesto a lo que simplemente dicen las protagonistas, palabras de las que va surgiendo de manera natural un retrato generacional que da cuenta de un tiempo y de una cultura.
El tono emotivo de este retrato múltiple que nos propone la directora se incrementa con la utilización de una entrañable banda sonora, con  boleros y pasillos que aumentan la nostalgia ante un universo crepuscular cuyo final las mujeres presienten y del que hablan sin que una lágrima traicione la conciencia de que se ha vivido y se ha cumplido con la vida.



martes, 8 de noviembre de 2016


Café Society: andanzas y caprichos del azar

Orlando Mora

El estreno de una película de Woody Allen siempre será noticia y una buena noticia. Esa es la dimensión del director norteamericano y lo que representa en el paisaje desolado de una industria que naufraga en la producción más infantiloide y descerebrada de toda su historia. Tal vez nunca el cine comercial de ese país había sido más malo y más adversas las circunstancias de quienes se empeñan en sacar adelante obras de autor.

Allen debió cambiar de aires en un momento en que su carrera tambaleaba ante la incomprensión de los productores norteamericanos. El apoyo de algunas empresas europeas le permitió proseguir su camino y ahora parece  trabajar sin las restricciones y exigencias que antes lo atormentaban.

El ritmo de trabajo del director es regular y frenético. Escribe el guion en una estación del año, en otra prepara el rodaje, en la tercera rueda y en la última adelanta la posproducción. Eso explica esa especie de cita cada año con él mismo y que haya podido llegar a una filmografía que emula en número la de los directores clásicos norteamericanos.

Nadie le demanda esa forma de trabajo, pero él la asume  como su manera natural de estar en el mundo y de envejecer. Esa independencia y ese coraje son plausibles y sus cuarenta y seis películas son un testimonio de vitalidad creativa sin parangón en la cinematografía mundial. El único temor de la cinefilia es que en algún momento sus más de ochenta años conspiren contra ese febril despliegue de talento.

A Allen se le quiere y se le respeta. Ver sus filmes cada vez que aparecen en la cartelera es un placer que no se agota, más allá del punto  alto o menos alto al que llegue en cada uno de ellos. En su cine la terminología obligada es la de obras mayores y obras menores, atendiendo al vuelo de cada una de ellas.

En ese sentido hay que decir que, por lo menos en nuestro criterio, Café Society pertenece a sus obras menores. El principal reparo tiene que ver con las debilidades en el armado del guion, que flaquea al no lograr que sus dos grandes bloques dramáticos, la vida del tío en Hollywood y la vida del sobrino en Nueva York, alcancen el desarrollo y la plenitud necesarios para darle solidez a la obra.

Ambos trozos del argumento están llenos de apuntes, de ideas, de tramas y personajes bosquejados, como si se tratara de un boceto para historias a desarrollar más adelante. Es más una película sobre un guion todavía en proceso, al que la sola figura del personaje femenino de Vonnie no alcanza a integrar.

Y, sin embargo, aquí está Woody Allen de cuerpo entero. El encadenamiento directo de las escenas, la dirección de actores, su reconstrucción cálida de los años treinta, la fotografía antológica de Vittorio Storaro y una puesta en escena que alcanza en la escena final la maestría del mejor Allen, del Allen de siempre.