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Café Society: andanzas y caprichos del azar

Orlando Mora

El estreno de una película de Woody Allen siempre será noticia y una buena noticia. Esa es la dimensión del director norteamericano y lo que representa en el paisaje desolado de una industria que naufraga en la producción más infantiloide y descerebrada de toda su historia. Tal vez nunca el cine comercial de ese país había sido más malo y más adversas las circunstancias de quienes se empeñan en sacar adelante obras de autor.

Allen debió cambiar de aires en un momento en que su carrera tambaleaba ante la incomprensión de los productores norteamericanos. El apoyo de algunas empresas europeas le permitió proseguir su camino y ahora parece  trabajar sin las restricciones y exigencias que antes lo atormentaban.

El ritmo de trabajo del director es regular y frenético. Escribe el guion en una estación del año, en otra prepara el rodaje, en la tercera rueda y en la última adelanta la posproducción. Eso explica esa especie de cita cada año con él mismo y que haya podido llegar a una filmografía que emula en número la de los directores clásicos norteamericanos.

Nadie le demanda esa forma de trabajo, pero él la asume  como su manera natural de estar en el mundo y de envejecer. Esa independencia y ese coraje son plausibles y sus cuarenta y seis películas son un testimonio de vitalidad creativa sin parangón en la cinematografía mundial. El único temor de la cinefilia es que en algún momento sus más de ochenta años conspiren contra ese febril despliegue de talento.

A Allen se le quiere y se le respeta. Ver sus filmes cada vez que aparecen en la cartelera es un placer que no se agota, más allá del punto  alto o menos alto al que llegue en cada uno de ellos. En su cine la terminología obligada es la de obras mayores y obras menores, atendiendo al vuelo de cada una de ellas.

En ese sentido hay que decir que, por lo menos en nuestro criterio, Café Society pertenece a sus obras menores. El principal reparo tiene que ver con las debilidades en el armado del guion, que flaquea al no lograr que sus dos grandes bloques dramáticos, la vida del tío en Hollywood y la vida del sobrino en Nueva York, alcancen el desarrollo y la plenitud necesarios para darle solidez a la obra.

Ambos trozos del argumento están llenos de apuntes, de ideas, de tramas y personajes bosquejados, como si se tratara de un boceto para historias a desarrollar más adelante. Es más una película sobre un guion todavía en proceso, al que la sola figura del personaje femenino de Vonnie no alcanza a integrar.

Y, sin embargo, aquí está Woody Allen de cuerpo entero. El encadenamiento directo de las escenas, la dirección de actores, su reconstrucción cálida de los años treinta, la fotografía antológica de Vittorio Storaro y una puesta en escena que alcanza en la escena final la maestría del mejor Allen, del Allen de siempre.   
 
 

 

 

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