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La piel en primavera: El heroísmo de lo cotidiano

Orlando Mora

Una lástima que una película colombiana tan valiosa como La piel en primavera haya tenido en Medellín un estreno tan pobre, con un lanzamiento en solo tres salas del circuito alternativo. Sin conocer  qué otros títulos de calidad puedan ser presentados en el transcurso del año, es indubitable que esta obra de Jennifer Uribe  está llamada a ocupar un puesto de privilegio en el listado del cine nacional del 2024.

Uribe es antioqueña y no suena descaminado suponer que tras  el carácter realista de su trabajo  ronda la influencia bienhechora de Víctor Gaviria, el director que enseñó a girar la cámara hacia los barrios populares de Medellín con una mirada distinta, sincera y respetuosa, acercándose a sus personajes sin paternalismos ni juicios morales.

Creo recordar que alguna vez Fernando González habló de lo grave que resulta una generación sin maestros,  que sirvan como referencia y punto de partida para que los nuevos creadores crezcan y encuentren sendas que enriquezcan la herencia recibida. Uribe ha cumplido con ese destino, ya que el realismo que ensaya  en La piel en primavera agrega cosas que no estaban en Gaviria, destacándose en especial su acercamiento a un personaje popular, pero que no pertenece a la marginalidad de interesa al director de Rodrigo D no futuro. Sandra es una mujer sin ningún perfil especial, que cumple con el heroísmo de una cotidianidad sin brillo, asumiendo la vida diaria como una tarea que se atiende sin quejas y sin celebraciones especiales.

La protagonista habita en un barrio popular de Medellín, ejerce el oficio de vigilante y tiene un hijo adolescente del que en razón de su edad debe estar pendiente. La película a lo largo de buena parte de su metraje se ocupa en seguir los pequeños incidentes que a Sandra le ocurren, desde sus días en el trabajo, las  amistades que el nuevo lugar  le depara, la relación  que establece  con Ramiro, el conductor de un bus en que con frecuencia se transporta, es decir, nada relevante, sin los giros dramáticos de ruptura que los manuales de guion aconsejan.    

En La piel en primavera queda claro desde la primera escena que el filme  quiere narrar la cotidianidad de la vida de una mujer sin atributos,  salvo la manera natural como atiende los retos de una existencia que lleva sin sobresaltos. A Sandra no le ocurre nada especial, simplemente atiende  el día a día y con ocasión de un cambio de puesto de trabajo conoce a un grupo de amigas con las que establece una complicidad amable, y también vive  un  romance que le recupera deseos que la dura rutina había acallado.

Lo importante es que Jennifer Uribe consigue construir  un universo dramático gracias a las virtudes de una puesta en escena a contracorriente de los gustos que hoy dominan y en los  que a cada plano debe corresponder una acción, lo que obliga a su brevedad y a su multiplicación, tratando de otorgar un ritmo  que impida que el voluble espectador  cambie de canal. Los planos de la directora son en cambio largos y no apuntan a concentrarse solo en hechos, dando a las situaciones un tiempo interior que nos las devuelve en su integridad. En ese sentido me parece que Uribe se encuentra  más cerca a paradigmas de cierto  cine de los años sesenta, en los que la cámara recogía  y daba significación a  momentos en lo que aparentemente nada sucedía.

Ese tratamiento se torna visible en la primera secuencia, en la que se dedican varios  minutos simplemente a registrar el recorrido del bus que lleva a Sandra a su nuevo trabajo, dando cuenta de las imágenes y los sonidos de una ciudad ruidosa y congestionada. Escenas como el encuentro de ella con Ramiro en las escaleras del centro comercial o la del  reclamo del hijo   porque se está pintando los labios están resueltas con la inventiva y la sutileza suficientes para garantizar que estamos en presencia de una auténtica directora.

En una escena clave de la película, una de sus amigas le pregunta a Sandra si tiene esposo, novio o machucante, y ella responde que no dispone de  tiempo. Sin embargo,  suceden en su cotidianidad pequeñas cosas que le permiten  recuperar sensaciones y emociones casi olvidadas, en una especie de redescubrimiento que, sin embargo, no la convierten en una mujer lúcida. Hay una opacidad en su vida que seguramente se mantendrá y de allí mi distancia  con la parte última de la película, en la que luego de la fiesta de los choferes  a la que Ramiro la invita, hay un quiebre narrativo que desorienta, ya que no se sabe qué  ha sucedido en el lugar, dónde ha ido Ramiro y qué ha pasado con la niña a la que Sandra cuidaba.

Sospecho que esa ruptura obedece a la intención de la directora de otorgar a las nuevas experiencias de  Sandra el carácter de una liberación, algo que corresponde más a una idea del guion que a una evolución lógica del personaje. Ese explica un final con un evidente  carácter asertivo y de tesis, con el plano de Sandra que se desnuda en la azotea de su casa, a punto se supone de empezar una nueva vida.

Hay sinceridad y verdad en La piel en primavera, una obra en que  se nos habla del mundo femenino con fina sensibilidad, contando con el apoyo de un equipo técnico y creativo fundamentalmente de mujeres y con la actriz Alba Liliana Agudelo en un trabajo discreto y eficiente.  Sin duda, una de las operas primas más prometedoras en mucho tiempo.  

  

 

La piel en primavera: El heroísmo de lo cotidiano

Orlando Mora

Una lástima que una película colombiana tan valiosa como La piel en primavera haya tenido en Medellín un estreno tan pobre, con un lanzamiento en solo tres salas del circuito alternativo. Sin conocer  qué otros títulos de calidad puedan ser presentados en el transcurso del año, es indubitable que esta obra de Jennifer Uribe  está llamada a ocupar un puesto de privilegio en el listado del cine nacional del 2024.

Uribe es antioqueña y no suena descaminado suponer que tras  el carácter realista de su trabajo  ronda la influencia bienhechora de Víctor Gaviria, el director que enseñó a girar la cámara hacia los barrios populares de Medellín con una mirada distinta, sincera y respetuosa, acercándose a sus personajes sin paternalismos ni juicios morales.

Creo recordar que alguna vez Fernando González habló de lo grave que resulta una generación sin maestros,  que sirvan como referencia y punto de partida para que los nuevos creadores crezcan y encuentren sendas que enriquezcan la herencia recibida. Uribe ha cumplido con ese destino, ya que el realismo que ensaya  en La piel en primavera agrega cosas que no estaban en Gaviria, destacándose en especial su acercamiento a un personaje popular, pero que no pertenece a la marginalidad de interesa al director de Rodrigo D no futuro. Sandra es una mujer sin ningún perfil especial, que cumple con el heroísmo de una cotidianidad sin brillo, asumiendo la vida diaria como una tarea que se atiende sin quejas y sin celebraciones especiales.

La protagonista habita en un barrio popular de Medellín, ejerce el oficio de vigilante y tiene un hijo adolescente del que en razón de su edad debe estar pendiente. La película a lo largo de buena parte de su metraje se ocupa en seguir los pequeños incidentes que a Sandra le ocurren, desde sus días en el trabajo, las  amistades que el nuevo lugar  le depara, la relación  que establece  con Ramiro, el conductor de un bus en que con frecuencia se transporta, es decir, nada relevante, sin los giros dramáticos de ruptura que los manuales de guion aconsejan.    

En La piel en primavera queda claro desde la primera escena que el filme  quiere narrar la cotidianidad de la vida de una mujer sin atributos,  salvo la manera natural como atiende los retos de una existencia que lleva sin sobresaltos. A Sandra no le ocurre nada especial, simplemente atiende  el día a día y con ocasión de un cambio de puesto de trabajo conoce a un grupo de amigas con las que establece una complicidad amable, y también vive  un  romance que le recupera deseos que la dura rutina había acallado.

Lo importante es que Jennifer Uribe consigue construir  un universo dramático gracias a las virtudes de una puesta en escena a contracorriente de los gustos que hoy dominan y en los  que a cada plano debe corresponder una acción, lo que obliga a su brevedad y a su multiplicación, tratando de otorgar un ritmo  que impida que el voluble espectador  cambie de canal. Los planos de la directora son en cambio largos y no apuntan a concentrarse solo en hechos, dando a las situaciones un tiempo interior que nos las devuelve en su integridad. En ese sentido me parece que Uribe se encuentra  más cerca a paradigmas de cierto  cine de los años sesenta, en los que la cámara recogía  y daba significación a  momentos en lo que aparentemente nada sucedía.

Ese tratamiento se torna visible en la primera secuencia, en la que se dedican varios  minutos simplemente a registrar el recorrido del bus que lleva a Sandra a su nuevo trabajo, dando cuenta de las imágenes y los sonidos de una ciudad ruidosa y congestionada. Escenas como el encuentro de ella con Ramiro en las escaleras del centro comercial o la del  reclamo del hijo   porque se está pintando los labios están resueltas con la inventiva y la sutileza suficientes para garantizar que estamos en presencia de una auténtica directora.

En una escena clave de la película, una de sus amigas le pregunta a Sandra si tiene esposo, novio o machucante, y ella responde que no dispone de  tiempo. Sin embargo,  suceden en su cotidianidad pequeñas cosas que le permiten  recuperar sensaciones y emociones casi olvidadas, en una especie de redescubrimiento que, sin embargo, no la convierten en una mujer lúcida. Hay una opacidad en su vida que seguramente se mantendrá y de allí mi distancia  con la parte última de la película, en la que luego de la fiesta de los choferes  a la que Ramiro la invita, hay un quiebre narrativo que desorienta, ya que no se sabe qué  ha sucedido en el lugar, dónde ha ido Ramiro y qué ha pasado con la niña a la que Sandra cuidaba.

Sospecho que esa ruptura obedece a la intención de la directora de otorgar a las nuevas experiencias de  Sandra el carácter de una liberación, algo que corresponde más a una idea del guion que a una evolución lógica del personaje. Ese explica un final con un evidente  carácter asertivo y de tesis, con el plano de Sandra que se desnuda en la azotea de su casa, a punto se supone de empezar una nueva vida.

Hay sinceridad y verdad en La piel en primavera, una obra en que  se nos habla del mundo femenino con fina sensibilidad, contando con el apoyo de un equipo técnico y creativo fundamentalmente de mujeres y con la actriz Alba Liliana Agudelo en un trabajo discreto y eficiente.  Sin duda, una de las operas primas más prometedoras en mucho tiempo.  

  

 


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