Un simple accidente: La vida en sombras
Orlando Mora
Nuevamente la plataforma Mubi
viene en auxilio de quienes por alguna circunstancia no alcanzamos a ver Un simple accidente en las funciones
comerciales de unas semanas atrás. Por sus antecedentes como Ganadora de la
Palma de Oro en el Festival de Cannes 2025 y la trayectoria de su director se
trata de un título de imprescindible
revisión.
Decir que Un simple accidente es una película iraní es por esta vez algo más
que un dato, ya que apunta a destacar su plena adscripción a un estilo de cine
que a mediados de la década del 1980 y bajo la guía de Abbas Kiarostami se
convirtió en el más interesante de los aportes de los que el historiador español Alberto Elena
denominaba los cines periféricos, en los que depositaba la confianza que pudieran aportar a las renovaciones que
no alcanzaba el cine de las metrópolis.
Jafar Panahi se formó bajo la
guía de Kiarostami, de quien fue asistente en A través de los olivos (1994), y su primera película, El globo blanco (1995), se hizo sobre un
guion del autor de ¿Dónde está la casa
del amigo? Toda su obra desde
entonces conserva una evidente fidelidad a una estética que se nutre de una mirada atenta a la
realidad, de la que extrae el material para sus trabajos, con una puesta en
escena interesada en la eficacia y en la transparencia, con preferencias por actores no profesionales y por
favorecer que la acción se desarrolle teniendo las calles como escenario principal.
En lugar de películas con ambiciones
de novela en cuanto a extensión y complejidad, el cine iraní y en este caso
Panahi se decantan por el minimalismo, buscando que a partir de los incidentes concretos que registran se
transluzcan problemas y sentimientos
mayores del ser humano, en un ejercicio de sencillez que no es simpleza ni
trivialidad.
Esas características se reconocen
integralmente en Un simple accidente, con un guion que pertenece al
director y al que se ha dado una estructura que en poco tiempo revela sus
claves, con una especie de prólogo y que
a continuación, en algo más de veinte minutos, plantea la situación que desencadena la trama,
la que a partir de ese momento se desarrolla de manera lineal, sin flash backs ni saltos de tiempo, dejando que del pasado solo se sepa a través de los dolorosos recuerdos que verbalizan cuatro de los protagonistas.
La obra de Panahi me remitió en los módulos básicos de su historia a la película La muerte y la doncella que Roman Polanski
realizó en el año de 1994. La curiosidad por saber de una eventual influencia
me llevó a revisar la rueda de prensa que el iraní dio en Cannes, sin que
ninguna pregunta apuntara en esa dirección. Panahi, quien ha pasado largas
temporadas en la cárcel bajo la feroz persecución de la dictadura teocrática de
su país, contaba que el guion nació de
su experiencia y de conversaciones con
otros prisioneros.
Tanto Un
simple accidente como La muerte y la doncella tratan de la
manera como personas que son encarceladas
y sometidas a torturas quedan con sus vidas destrozadas y arruinadas para
siempre, con lesiones físicas y psicológicas tan profundas que de alguna manera
las colocan por instantes al borde de la locura.
Prisioneros con los ojos vendados
que creen reconocer a sus torturadores por el chirrido de una prótesis al
caminar, por la voz, por el olor, por las cicatrices de una pierna. De ese
reconocimiento, de las dudas acerca de la identificación y, en especial, de qué
hacer cuando el azar o un simple accidente ponen al victimario al alcance de las víctimas, de eso se ocupan Panahi y Polanski en sus filmes.
Cuando Vahi, el protagonista,
manifiesta a otra de las víctimas que tiene en el carro al torturador y que lo
va a matar, la mujer responde: “No somos asesinos. No somos como ellos”. Esta
frase sinteriza el dilema que está en el núcleo de ambas películas, en cuanto
plantean en qué medida un acto ciego de venganza puede degradar moralmente a la víctima, rebajándola a un plano
que lo iguala con el victimario.
Jafar Panahi trabaja con planos
largos, con planos secuencias, con lo
que preserva la unidad y la integridad
de cada acción, prefiriendo que el paso a la siguiente se haga por corte
directo, con las elipsis o abreviaciones de tiempo necesarias. Con ese tipo de
planificación resuelve el último y
desgarrador encuentro de víctimas y
victimario, en una secuencia de extrema intensidad y en la que más allá del
sufrimiento que nunca se irá, al final se respeta la vida y los inocentes no
manchan de sangre sus manos.
Con algún ocasional momento de
humor absurdo que alivia, como en la escena en que los protagonistas, incluida
una mujer vestida de novia empujan la camioneta por las calles de Teherán, Un simple accidente se muestra en su conjunto como una obra respetable y que
responde a la inquebrantable voluntad de un director al que acosan las autoridades y
que ha decidido no callarse.
Comentarios
Publicar un comentario