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El Oscar 2026: La fiesta interminable

Orlando Mora

Igual que todos los años desde 1929, el pasado domingo 15 de marzo

se celebró en Los Ángeles la ceremonia de entrega de los premios

Oscar del 2026, en un acto que continúa teniendo eco en los medios

de comunicación, aunque no parece despertar el entusiasmo ni

disfrutar del seguimiento del que gozó en el pasado.

Para entender mejor de qué tratan estos reconocimientos tal vez

convenga remontarse mucho tiempo atrás, en concreto al período que

va de 1912 a 1924, cuando el cine andaba todavía en busca de los

caminos que debía transitar en el futuro. Mientras intelectuales y

escritores europeos discutían si el nuevo medio de expresión

albergaba potencialidades para convertirse en un verdadero arte, los

norteamericanos de una vez se fijaron en sus posibilidades

económicas y fundaron las empresas en que se sustentaría desde

entonces el predominio casi monopólico de su industria.

Ya para el año de 1924 existían Paramount Pictures, United Artists,

Warner Bros, Walt Disney Pictures, Columbia Pictures y la Metro-

Goldwyn Mayer, y los grandes jefes de esas compañías habían creado

en 1927 para promover y defender sus intereses la bautizada como

Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas, responsable de

organizar y entregar los Oscar, aunque en ese momento bajo un

nombre diferente.

Recordar ese origen sirve para perfilar de mejor manera la naturaleza

de estos premios y comprender que el Oscar es ante todo la gran

celebración que la industria norteamericana hace de su propio cine y

de los oficios en que se soporta, lo que explica el por qué toda la

producción cinematográfica del resto del mundo entra y compite en

una única categoría como mejor película extranjera.

En su pequeño ensayo Psicología del cine de 1940, el escritor francés

André Malraux dedica la totalidad de las páginas a ofrecer su visión

acerca de las posibilidades artísticas del cine y sus diferencias frente a

la fotografía y el teatro, y en la línea final agrega: “Además de todo

esto, el cinematógrafo es una industria”. Siempre he creído que quizás


en la realidad pudieran invertirse los términos, ocupar extensos

espacios en hablar de la industria del cine y cerrar con igual número

de palabras: “además de todo esto, el cinematógrafo es un arte”.

De alguna manera el Oscar es una premiación más cercana a la

dimensión industrial del cine que a la artística, a diferencia de lo que

acontece con los festivales, en los que se supone prima

exclusivamente el concepto de calidad al momento de seleccionar e

integrar los diferentes apartados y a la hora de los jurados decidir los

ganadores.

Desde luego lo anterior no implica negar o ignorar los valores de los

títulos que cada año han sido reconocidos a mejor director y mejor

película del cine norteamericano. Por el contrario, el recorrido por los

nombres de los realizadores y los títulos que han ganado esos

galardones se convierte en una guía bastante ilustrativa y útil para

acercarse a la historia de una cinematografía de la que nunca

podremos ni debemos alejarnos.

Llegándonos de manera breve a lo que deja la edición del 2026, por lo

menos tres cosas a destacar. La primera es el Oscar para el director

Paul Thomas Anderson, una figura cimera del actual cine

norteamericano, quien a partir de una novela de Thomas Pynchon

plantea con distancia, ironía y pesimismo un especie de ajuste de

cuentas con lo que fueron las luchas políticas de los años setenta. El

tono de aventuras un tanto desaforado desconcierta y hay que seguir

con cuidado no tanto las vueltas de la trama como la forma soberbia

como resuelve las escenas, en un ejercicio que justifica a plenitud su

premio a mejor director, así Una batalla tras otra no sea la mejor pieza

de su brillante filmografía.

Entre las favoritas, al final la mayor competencia a la película de

Anderson era Sinners, una obra que despierta a la vez perplejidad y

admiración por su estructura y por los cambios de registro que

despliega a lo largo de su metraje, siendo a la vez una reconstrucción

de época y un musical con figuraciones de vampirismo, en una

combinación que demuestra el enorme talento de Ryan Coogler, el

director que nos había conmovido antes con su excelente Fruitvale


Station, hoy convertido junto a Jordan Peele en un nombre mayor

entre los directores afroamericanos.

Lo último fue la confirmación del favoritismo de Michael B Jordan y

Jessie Buckley a los premios de mejor actor y mejor actriz por sus

trabajos en Sinners y en Hamnet respectivamente, en papeles

estelares que contribuyeron en grado más que notable a los resultados

artísticos de los dos filmes.

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