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Buen cine y cine autor

Orlando Mora

No sé si parecerá una sutileza o un asunto del coto exclusivo de críticos y comentaristas, pero tres películas vistas en los últimos días me han provocado la reflexión acerca de la conveniencia de establecer esta distinción y con ella restituir su valor al concepto del cine como simple entretenimiento.

Netflix subió a su programación hace unas semanas Parque Lezama del argentino Juan José Campanella y en la cartelera  comercial de estos días se han estado presentando La Odisea: el retorno del italiano Uberto Pasolini y Nüremberg del norteamericano James Vanderbilt, obras profundamente diferentes a las que hermana la forma como han sido juzgadas por la mayor parte de los críticos, que si bien les reconocen algunos méritos,  la calificación final dista del entusiasmo.

Recordemos que el concepto de autor en el cine es una creación francesa de los años cincuenta y su gestación correspondió a un grupo de jóvenes que amaron primero el cine como espectadores, luego decidieron escribir sobre lo que veían y muy pronto pasaron a la realización, buscando materializar unas propuestas de raíz diferente a las que para ese momento conocían en su cinematografía nacional.

Esos jóvenes dieron origen al movimiento más incidente que ha vivido el cine como medio de expresión en muchas décadas, en cuanto bajo el amparo de la figura tutelar y casi paterna de André Bazin   adelantaron una labor de análisis de las películas bajo nuevos parámetros y en pocos años empezaron a realizar sus propios filmes, dando lugar a la denominada Nueva Ola francesa.

Dos fechas resultan útiles como mojones para fijar en el tiempo los cambios a que estamos aludiendo: 1951 cuando se crea Cahiers du Cinema, la revista de crítica cinematográfica más importante de la historia y que hoy todavía sobrevive con su número 829 de marzo del 2026, y 1959 cuando se lanzan los tres títulos que fueron la cabeza de playa del movimiento: Sin aliento de Jean-Luc Godard, Hiroshima mi amor de Alain Resnais y Los cuatrocientos golpes de Francois Truffaut.

El concepto clave alrededor del cual se construyó el nuevo aparato teórico de valoración del cine  fue el de autor, inspirado en el texto  La Cámara-estilógrafo escrito en 1948 por el francés Alexandre Astruc, y en el cual sostenía que las películas tenían un autor y que ese autor era el director, que escribía con la cámara igual que un escritor lo hacía con la estilográfica, una idea que desde entonces por lo menos como metodología ha inspirado la mayor parte de la crítica de cine.

A sabiendas de que el asunto merece un texto más largo para aclaraciones y puntualizaciones, las consideraciones anteriores  sirven para destacar cómo el concepto de autor ha adquirido un peso considerable, tal vez excesivo,  y que teniendo como templo de oficiantes el espacio de los festivales de cine, poco a poco ha ido introduciendo una diferencia entre buenas películas , capaces de contar con solidez una historia, pero en las que se echaría de menos una visión más estrictamente personal, la que sí aparecería en lo que se llama cine de autor.

Por esa vía que hoy se transita se termina en la alabanza irrestricta solo  de filmes con un toque muy particular  y que con frecuencia van dirigidos a un espectador más especializado, atentando contra la naturaleza del cine como un espectáculo de públicos amplios, indispensables a la hora de recuperar las grandes inversiones que el cine como industria supone. Vale el cine de autor, pero también el cine que entretenga con inteligencia, proponiendo relatos que nos permitan ver reflejados en la pantalla los asuntos  con que cada día nos sorprende la vida.

La principal baza que el cine ha manejado y continúa manejando como espectáculo es el trabajo de los actores, con cuyos sus rostros se cuentan las historias, como anotaba el realizador norteamericano John Ford. Buenas historias que dejen rastro y buenos actores que nos las cuenten con emoción y fuerza.

En Parque Lezama  Campanella pone en pantalla una adaptación que había llevado a las tablas con éxito en la argentina, y en la que con humor  nos cuenta la relación de dos viejos que solo se ven en un  parque, tratando de remediar con palabras el déficit con necesariamente  nos agreden los años. Un placer ver Luis Brandoni y Eduardo Blanco en los estelares.

En La Odisea, el retorno Uberto Pasolini vuelve narración cinematográfica el regreso de Ulises a su reino, asediado para entonces por todos los pretendientes de la fiel Penélope, que lo sigue aguardando. Con una puesta en escena clásica, tradicional, el director coloca el énfasis en el sentido de un regreso a casa que termina en un acto de sangrienta venganza, con Ralph Fiennes y Juliette Binoche al frente de un buen reparto.

Núremberg revisa los complejos intríngulis que supuso la creación del tribunal que juzgó en esa ciudad alemana a los jerarcas nazis capturados luego de la caída del régimen. Una aproximación desde el ángulo curioso del psiquiatra contratado para estar al tanto de la salud de los prisioneros, con Russell Crowe y Rami Malek en plenitud, hablándonos de la amenaza de un mal que sobrevive y que agazapado luce presto a saltar en cualquier momento.

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