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Cumbres borrascosas: El cine de la simulación

Orlando Mora

Desde hace muchos años  Cumbres borrascosas figura con plenos merecimientos como una de las grandes novelas del siglo XIX, un texto provocador y escrito por fuera de los cánones morales de su época. Su autora Emily Bronte falleció a los treinta años víctima de  tuberculosis y debió firmar su obra bajo seudónimo, un dato a estimar al momento de acercarnos a la nueva versión cinematográfica actualmente en cartelera.

Varias veces el cine ha acudido al texto de la escritora inglesa. Recuerdo haber visto  las adaptaciones que firmaron William Wyler en 1939 en Los Estados Unidos y  Luis Buñuel en México en 1954. Si bien  lo poco que retengo de ellas me inhibe de cualquier asomo de proponer líneas de comparación entre esos trabajos y el que ahora conocemos,  queda la pregunta razonable por las razones de la directora Emerald Fennell para allegarse a esta fuente literaria, en un intento que empieza con la curiosidad del título homónimo puesto entre comillas.

Aunque Fennell es seguramente más conocida  por el público  por su papel protagónico en la serie The Crown, la actriz pasó a la dirección en el año 2020 con Hermosa venganza (Prosiming Young woman), una película que, en medio de  porosidades y vacíos de un guion original de su autoría, enseñaba  maneras  interesantes  y capacidad  para crear una atmósfera  tensa, morbosa, con una mirada de género feroz y de abierta crítica al universo masculino y sus  empobrecedores valores frente a la mujer.

Sin haber visto Saltbburn, su segundo largometraje, había cosas en Hermosa venganza que despertaban  expectativas frente a lo que pudiera traer Cumbres Borrascosas, un reto que suponía enfrentarse como guionista y directora a una novela con categoría de auténtico  clásico, en el sentido que le otorgaba el escritor Italo Calvino: un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir.

Como guionista la inglesa Emerald Fennell ha introducido cambios sustanciales en la novela, algo  normal y de natural ocurrencia cuando se parte de un texto ajeno y en este caso escrito casi doscientos  años atrás. La principal modificación ha sido otorgarle al relato un tiempo de presente, colocándolo en una linealidad temporal y sustituyendo el punto de vista de la novela, que son los hechos contados ante todo  por Nelly, una empleada que supo y narra las cosas  que ocurrieron en la casa situada en los páramos de Yorkshire  y llamada Cumbres Borrascosas, en un cambio que resta a  la bruma que el tiempo y  los años agregan a los hechos narrados.

Igualmente se ha simplificado la trama, se han condensado personajes y se han agregado escenas, como la de apertura con un ahorcamiento, que apunta a colocar la muerte como la otra parte de la ecuación del amor desenfrenado de que trata la película, en una cercanía que nos hace pensar en un ensayista como George Bataille y que nos vuelve a la memoria un verso del poeta Jorge Gaitán Durán, cuando en referencia al encuentro  de los amantes, nos dice: “Esta es la fiesta/ en que más recordamos a la muerte”.

Sin embargo, los reparos a la película no radican en los cambios de guion ni en el ejercicio de reducción de la historia para quedarse con la historia pasional  de dos seres que sienten nacieron para ser uno solo. El problema tiene que ver, como ocurre con cualquier obra cinematográfica, con la puesta en escena y el alcance  y el significado que a través de ella cobra el filme.

En ese sentido,  la directora propone una puesta en escena en que el misterio y la oscuridad de la historia desaparecen detrás de una pirotecnia visual complaciente y diría gratuita, muy a tono con la banalización y la trivialización de un mundo en que parece todo deba colorearse de rosado y fucsia, con forma y apariencia de cuento de hadas, a pesar de la tragedia que se supone cuenta.

Alguna vez escribió Jean-Paul Sartre que el estilo literario no es adorno o artificio sino una metafísica, en cuanto revela la mirada del escritor sobre el mundo. En esa medida vale la afirmación de que Cumbres Borrascosas de Emerald Fennell es una película sin estilo, una película que se ahoga en su propio vacío.

Si desde el punto de vista estético la obra es un fracaso, hay una secuencia que aterra en su inmoralidad, cuando la directora distorsiona un personaje clave de la novela como  Isabella,  la esposa que por conveniencia y venganza ha escogido el protagonista, mostrándola en una escena de humillación y abyección que supera lo tolerable y que imagino responde al interés  de querer suscitar escándalo y titulares.  

Si algún último desencanto depara Cumbres Borrascosas, lo encuentro en los dos actores que encabezan el reparto: una Margot Robbie que deambula sin vida y sin sangre entre los decorados y  Jacobo Elordi que con su estatura parece estar fuera de lugar en varias escenas y al que será preferible recordarlo en pasajes del Frankenstein del realizador mexicano Guillermo del Toro.  


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