Sirat: El viaje a
ninguna parte
Orlando Mora
Acaba de estrenarse en Colombia
la que por antecedentes es la mejor película española del último año. Premio
del Jurado en Cannes 2025, once nominaciones a los premios Goya en su país, candidata a mejor
película extranjera al Oscar, a los Cesar en Francia, a los Bafta en
Inglaterra, solo para citar los reconocimientos de mayor nombradía.
El responsable de esta explosión
de júbilo es un director nacido en Francia, pero con arraigo familiar en
Galicia desde los días de su infancia y quien a los cuarenta y tres años
ostenta una filmografía reducida en títulos, apenas cuatro largometrajes en
quince años, lo que brinda una idea del rigor de su trabajo creativo y del
mucho tiempo que se toma en ir de un proyecto a otro.
Con su aparición en Cannes con su
primer título Todos vosotros sois capitanes
en el 2010, Oliver Laxe dio señales de pertenecer a una categoría de directores
con vocación de autores, expectativas que se han cumplido a cabalidad, al punto que sus
cuatro filmes han pasado por las tres secciones del prestigioso festival
francés, ganando un prestigio que le ha permitido financiar sus obras
manteniéndose en las márgenes de la industria, acudiendo al apoyo de instituciones
cinematográficas de países como España, Francia y Marruecos y de productores de
un perfil menos comercial como El Deseo,
de los hermanos Pedro y Agustín Almodóvar.
Sin haber revisado en días
recientes sus películas anteriores, Sirat
me deja le impresión de ser una pieza con una estructura narrativa en
apariencia más clásica y de más fácil acceso para el espectador. Esa voluntad se
revela en la forma como los créditos de la película con los nombres de actores y miembros de los
equipos técnico y creativo no corren de continuo,
como es la práctica habitual, y en su lugar se van intercalando con escenas del
relato hasta cerca del minuto treinta, en el que por fin aparece el título de la obra.
Esta particular disposición
narrativa sirve para suministrar de entrada una información básica al público y
entronca de manera ostensible con procedimientos genéricos del cine. Cuando se
lee Sirat en la pantalla, ya sabemos
que el resorte que moverá la historia es
la búsqueda que un padre hace de su hija, desaparecida hace cinco meses en una
fiesta rave de las que se celebran en Marruecos y en muchos otros lugares, con una
de las cuales abre el filme y que aparece
resuelta con una riqueza visual y sonora
tan potentes que algunos condenan la evolución posterior de la trama,
considerando que el verdadero Laxe es exclusivamente el de esos primeros
treinta soberbios minutos.
Entiendo hasta cierto punto ese
sentimiento de insatisfacción, pero creo que tiene que ver con el riesgo que el
realizador ha resuelto correr, ampliando el sentido y el alcance de la obra,
alejándose paso a paso de lo puramente narrativo, en procura de dar a los
hechos otra dimensión, saltando si se quiere decir de esa forma de lo real a lo
simbólico. En los minutos iniciales Laxe filma y nos muestra con admirable
respeto y prodigiosa estética lo que es una fiesta rave, con personas que
llegan por propia voluntad y con
frecuencia de forma clandestina, apoyados en los anuncios que como rumores
ellos transmiten, sin otro deseo diferente al de querer danzar y moverse al
ritmo de música electrónica, con cuerpos
que se agitan y se contorsionan y que no
dan testimonio de nada diferente a la reivindicación de la presencia de ellos
mismos, como practicantes de unos nuevos ritos.
Lo que el director ha pretendido,
si se quiere con una intención desmedida, es hablar acerca del vacío de un
mundo en el que muchos sienten que no caben ni quieren pertenecer a él, más
allá de su condición de clase. Para construir esa mirada oscura, sombría acerca del presente, Laxe ha creado como contexto el de una especie de tercera guerra mundial, en un
recurso que luce bastante frágil y que le resta solidez a la muy trágica y poderosa
metáfora que ha buscado construir.
“Existir es beberse sin sed”,
escribió alguna vez Jean-Paul Sartre y esa frase me ha regresado al ver a estos
cinco amigos que pueden estar en donde están o en cualquier otra parte, que
saben o intuyen que solo tienen su hoy y que el futuro en definitiva no existe
y no les importa. No hay salida para el túnel en que se encuentran, y Laxe en cierto momento parece anunciarlo en
una de las secuencias de cierre. Por ventura, el director se resiste al
apocalipsis y tolera la sobrevivencia de tres de los protagonistas que han
participado en ese largo tránsito por unos desfiladeros que, en su peligrosa
materialidad, contribuyen al discurso
sobre la vida de que trata la película, tal como lo revelan su título y el
epígrafe con que se abre, y con un apaciguado final que arrastra más resignación que esperanza.
Comentarios
Publicar un comentario