Hamnet: Vivir con el corazón abierto
Orlando Mora
Pocas veces he lamentado
tanto llegar a una película
sin haber leído la novela en que se apoya como me sucede con Hamnet. A más de la declarada admiración
de la cineasta por la obra de la escritora irlandesa Maggie O’Farrell y la
voluntad que se adivina en la versión
fílmica de mantenerse en claros confines de fidelidad, llama la atención la
participación de la novelista en el guion y lo que seguramente haya aportado al
esfuerzo de concentrar en dos horas las
352 páginas de la novela.
Según lo que entiendo, tal vez el
principal cambio introducido por O’Farrell y la directora Chloé Zhao ha sido la
estructuración del relato en orden cronológico, un procedimiento que con
frecuencia simplifica las cosas y resta profundidad, pero que ofrece la enorme
ventaja de permitir un control de la
intensidad dramática de la historia, alternando picos y puntos llanos que se
alternan en la configuración total de la trama.
Pensando exclusivamente en la
obra cinematográfica, veo dable distinguir tres grandes bloques, que se
distribuyen en tiempos casi iguales en cuanto a su duración. El primero cubre
la parte del descubrimiento y consumación del amor de Agnes y William, el
siguiente trae el punto de quiebre del guion y tiene que ver con la tragedia
que atropella la familia, y el cierre consuma
la reconciliación de los universos que
encarnan los protagonistas, dando como
resultado una pieza de construcción en su arquitectura clásica, aristotélica.
La novela de O’Farrell y
ahora la película exploran en modo
ficción eventos presuntamente reales de la vida de William Shakespeare, el más
famoso de los dramaturgos de todos los tiempos y un escritor de quien se puede
decir, retomando la frase de Jorge Luis Borges sobre la Biblia, que su obra es
ella sola toda una biblioteca. Ahora bien, los hechos que integran el cuerpo
narrativo se presentan desde un punto de vista de sugestiva originalidad, al colocar
la figura de Shakespeare en un segundo plano, sin que siquiera se mencione su
apellido, cediendo el lugar protagónico a su esposa Agnes y si bien el relato
nunca se subjetiviza, ella figura en el centro de los sucesos que afrontan como pareja.
Solo que tanto Agnes como William no son unas personas cualquiera. Ella
es una mujer que al igual que su abuela
y su madre han vivido en el campo, en contacto con la naturaleza y han adquirido conocimientos que por otra vía
no se obtienen. La importancia de esas raíces en el diseño del personaje se
revela en la escena inicial, con un movimiento de cámara que va del paisaje del
bosque a la mujer, que aparece acostada
en posición fetal y acogida en una especie de cuna en la base de un frondoso y
añejo árbol.
La introducción de William es más
esquemática, con momentos en que se le ve escribiendo y en la opinión que de él
tienen ambas familias: “un erudito de
cara pálida” y “un inútil, sin un oficio, con aires de grandeza”. La parquedad en
la presentación del dramaturgo obedece a la determinación de la película de
estarse más con Agnes que con William, aunque alcanza para bosquejar el rasgo
central en su caracterización como artista y es la tenacidad y la fidelidad a
su vocación de escritor.
Luego de escenas en las que vemos
cómo padre y madre aportan cada uno a la
educación y crecimiento de los tres
hijos, viene la parte demoledora, trágica de la trama, el trance en que el
destino arremete contra ellos sin piedad, en uno de esos golpes que el poeta
César Vallejo califica “como del odio de Dios”, un pasaje en que la muerte y su
indescifrable misterio acosa a Agnes y a William, amenazando la estabilidad de
la pareja.
Si el desarrollo y evolución de
los dos primeros bloques responden a una lógica dramática normal, en el
apartado del desenlace se revela un
ejercicio de refinada elaboración intelectual, que supongo proviene de la
novela. En ese pasaje asistimos al reencuentro de los mundos de Agnes y de
William, cuando ella concurre a la representación de Hamlet, nombre igual al de su hijo Hamnet, y descubre que el
milagro de la creación artística ha conseguido transformar el dolor de la
muerte y de alguna manera trascenderla, volviendo inmortal la memoria del hijo.
No descarto que algunos
espectadores prefieran filmes anteriores
de Chloé Zhao, la directora norteamericana de origen chino, al encontrar en ellos
un acercamiento lúcido y perturbador a personajes de los Estados Unidos de hoy
y de los años recientes. Hamnet es un trabajo de época al que la cineasta reviste
de una intemporalidad absoluta, con un
ejercicio de puesta en escena que es toda una soberbia lección de maestría, y con
la actriz Jessie Buckley bordando una
interpretación por entero memorable.
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