La pequeña hermana: La
vida por llegar
Orlando Mora
Cada vez se estrenan más y más filmes
que cruzan por la cartelera comercial sin la relevancia y el eco que por sus
atributos merecerían. El grado de difusión que han ganado los lanzamientos en
las plataformas y el alto número de títulos pendientes de exhibición han
precarizado los tiempos de permanencia en salas, de las que salen las películas
sin los días necesarios para que la publicidad del boca a boca las salve del
naufragio.
Ganadora en Cannes 2025 de la
Queer Palm y del premio a mejor actuación femenina, esos antecedentes no
alcanzaron para que esta película francesa disfrutara de un buen espacio, el
que estoy seguro terminará por conquistar una vez que su programación en circuitos
culturales la descubra a un público más amplio.
Sea la primero anotar que el
título de La pequeña hermana
(idéntico al de una hermosa película japonesa de años atrás) no corresponde al
original en francés de La hija pequeña,
nombre más ajustado a lo que trae su trama, dado que la protagonista es la
menor en el grupo familiar de tres hermanas, condición significativa en el
desarrollo de la lucha que ella debe emprender para encontrar su lugar en el
mundo.
La actriz y directora francesa de
origen africano Hafsia Herzi realiza su tercer largometraje, apoyada parece que
con fidelidad en la novela de tintes autobiográficos de Fátima Daas. No haber
leído la novela y desconocer las dos primeras obras de la realizadora genera cierta
inseguridad en el análisis y lo reviste de una entendible provisionalidad.
La película se centra en un año
de la vida de Fátima, una joven francesa de familia argelina, que cumple el
tránsito de la adolescencia a la mayoría de edad, una etapa crítica de
cualquier ser humano en cuanto a la búsqueda de una identidad propia. En el
caso de la protagonista, esa lucha se libra en medio de la estrechez que impone
el ambiente familiar, a más de su origen y su religiosidad de musulmana practicante.
Las virtudes de La pequeña hermana no caminan por el
lado de la originalidad de la historia, ya que se inscribe en una especie de
subgénero de películas de crecimiento personal, las del coming of age, como se les conoce en los Estados Unidos, en este
caso con un matiz más perturbador y que tiene que ver con las preferencias
sexuales de Fátima. Lo que merece destacarse en la obra de Herzi son sus
aciertos en la puesta en escena, la depurada sensibilidad con que construye y
maneja el relato y su enorme talento en la dirección de los actores, en este
caso fundamentalmente mujeres.
De qué trata la película se
revela desde los primeros planos, cuando Fátima se mira en el espejo, sin que
el espectador alcance a ver su cara en razón de la posición de la cámara. Queda
claro que asistiremos al proceso en que una joven empieza a tratar de definir
el mundo interior por el que todos combatimos en esos años de la vida.
El cambio, la transformación que
conocerá Fátima no será exterior, sino interior, rasgo que la realizadora enfatiza
a partir de conservar para la protagonista la misma vestimenta a lo largo de la
película, cerrando con el uso de una camiseta de jugadora de fútbol, en un
gesto indicativo de una esperanzadora liberación.
La directora y guionista articula
la narración en capítulos marcados por la llegada de las estaciones, siendo el
más largo en tiempo y contenido el primero de ellos, que cubre casi sesenta de
los ciento quince del filme y en el que queda planteada sin atenuantes la
situación vital en que se encuentra Fátima y la forma como poco a poco va
descubriendo las cosas que, en medio del dolor, la harán crecer como mujer.
Al definir la planificación para
captar la puesta en escena, Hafsia Herzi acentúa la absoluta soledad en que la
joven debe asumir su lucha, para lo cual evita el uso del campo y del
contracampo (un personaje habla y vemos también al que escucha), procedimiento
visual que deja en claro que el personaje está acompañado. Acá, por el
contrario, la cámara va de uno a otro, con una preferencia por otorgar el
centro del plano a Fátima, acudiendo además a la nocturnidad cuando determinados
momentos de la historia lo aconseja.
No sé si haya algo de militancia
de la directora en la causa gay, que explica alguna escena un tanto frágil en
cuanto a su articulación dramática en el relato. Quedan sí dos pasajes que dan
cuenta de la fina calidad de la dirección de Herzi: uno es el reencuentro de Fátima en el parque con la amante que la había abandonado, y otro al
cierre de la película, en una intensa secuencia de siete minutos en que la joven
dialoga con su madre, y ante las lágrimas que expresan todo el sufrimiento padecido,
llegan las palabras de comprensión y solidaridad: “Cuando quieras, aquí estaré,
siempre estaré a tu lado”, con el regalo de cumpleaños de una camiseta
deportiva, que da paso a los últimos segundos de La pequeña hermana.
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