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Alpha: El cine de la tortura

Orlando Mora

En el año de 1975 François Truffaut recogió los textos del crítico André Bazin sobre seis directores, los prologó y los publicó bajo el título de El cine de la crueldad, tomando algunos rasgos que los unían y bajo la sombrilla de un epígrafe proveniente del mismo Bazin: “Si existe el cine de la crueldad, Eric Von Stroheim es su inventor”.

Me ha vuelto a la memoria el citado libro a propósito de las dificultades y la impaciencia que despierta la película Alpha que acaba de subirse a la plataforma Mubi y que tuvo su estreno mundial en la competencia de Cannes 2025, festival en el que, con Titanio, su película anterior, la realizadora Julia Ducournau había ganado en el año 2021 la Palma de Oro otorgada por un jurado que presidió el norteamericano Spike Lee.

Si Truffaut habló del cine de la crueldad, provoca aprovecharse de la cercanía de las palabras y proponer la calificación de cine de la tortura para referirnos a Alpha y en general a las dos obras de la francesa, una directora con   una filmografía de tres títulos y un celebrado prestigio entre los medios críticos más adictos al llamado cine de autor.

Como espectador siento que el cine de Ducournau y otros semejantes resultan inimaginables sin algunos antecedentes situados en los años ochenta y en particular sin un nombre como el de David Cronenberg y filmes como Videodrome (1983) y La mosca (1986), en los cuales el canadiense exploró una nueva dimensión de las películas de terror, destacando los aspectos más físicos del hombre como animal y construyendo un nuevo espacio en el que el ser humano y las máquinas tendrían una vinculación  distinta de la tradicional.

Para intentar aterrizar un poco la obra de la francesa, recordemos que en Titanio la protagonista tiene una relación sexual con un auto, a consecuencia de la cual queda embarazada y vive una gestación en la que los pezones y la vagina gotean aceite, dando al final a luz a una criatura claramente marcada por su paternidad.

Ese planteamiento inicial propio del fantástico se despliega en dos terrenos sucesivos, uno primero en el del cine de asesinos en serie y luego en una especie de drama de familia en que dos seres cruzan sus soledades y sus necesidades de afectos, desechando todas las imposiciones externas que dicta la llamada normalidad.

El desafío a cualquier concepto de verismo que revela la base argumental descrita se acompaña con un realismo extremo en las representaciones, con una cámara que en primerísimos planos destaca los detalles más impactantes, en una línea que provoca irritación y despierta una sensación casi de tortura.

Toda esta larga digresión tan incómoda para el lector que no haya visto Titanio parece necesaria para ubicarse con mayores luces frente a Alpha, en la que la trama es por entero realista y en esa medida opuesta a Titanio, pero mantiene un hiperrealismo agobiante a la hora de resolver visualmente muchos de los hechos del relato.

En Alpha la guionista y directora nos cuenta en dos espacios de tiempo diferentes y que se entrecruzan, separados por ocho años de distancia, la historia de una adolescente a la que se le realiza un tatuaje en medio del desorden de una fiesta y sin condiciones de seguridad, en un momento en que se vive una epidemia que tiene colapsados los hospitales, lugares que por terror han sido prácticamente abandonados por el personal sanitario.

Con las complicaciones de la chica Alpha lidia su madre médica, quien debe a la par sobrellevar la carga de un hermano drogadicto y de la insuficiencia del apoyo del entorno familiar para manejar ese problema. Lo que vemos a lo largo de casi dos horas son los pinchazos de heroína del hermano, sus crisis de privaciones y los enfermos víctimas de la pandemia, todo con una dureza nada fácil de soportar.

Si bien ambas películas en sus pasajes más sinceros contienen en definitiva una referencia a la familia como último refugio y al reencuentro en el afecto de sus solitarios protagonistas, luce excesivo y más como una concesión a gustos al día que para llegar a ese significado se acuda a la crudeza desenfrenada de las imágenes y al encuadramiento en un género menor para conquistar una figuración y un estatus de gran creador artístico.

Por lo menos en nuestro caso es demasiada tortura para muy poco y no conseguimos captar la poesía que supuestamente subyace en el choque sensorial y la visceralidad de sus imágenes, en especial porque al fondo de Titanio y de Alpha no avizoramos lo que sí distinguíamos en  una obra como Videodrome, en la que Cronenberg se servía de la retórica del cine de terror para proponer un relato sobre  cómo las imágenes de un mundo virtual van sustituyendo y apoderándose del mundo real, provocando lo que en su delirante final se denomina “la nueva carne”, en una especie de distopía por desgracia cada vez más amenazante y cercana. 

 

 

 


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