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Franz: Un retrato de artista

Orlando Mora

A sus setenta y siete años de edad y con una filmografía que ronda los veinte largometrajes, Agnieszka Holland pertenece a la generación siguiente a la de los   creadores del denominado nuevo cine polaco que encabeza Roman Polanski, con quien comparte el extraño destino de una carrera que por distintas razones ha debido construirse en buena parte por fuera de su país, circunstancia por lo regular adversa en cuanto al riesgo de perder raíces y contacto con el universo físico y humano en que nacieron y crecieron.

En ese sentido es viable afirmar que Holland es más una directora europea que estrictamente polaca, lo que se refleja en la diversidad de las temáticas que explora en sus filmes, en la forma en que las aborda y en los apoyos económicos a partir de los cuales va armando cada uno de sus proyectos, dando como resultado una obra un tanto difícil de caracterizar en pocas palabras.

En la actualidad se exhibe en la cartelera de la ciudad Franz, la última película de la realizadora, un trabajo en que se ocupa de la figura de Franz Kafka, uno de los nombres claves de la literatura del siglo XX, incursionando esta vez en el cine de biografías, una especie de subgénero que arrastra dificultades y retos que vale la pena mencionar.

Empezando por una obviedad, digamos que el intento de resumir la vida de un ser humano en dos horas roza de entrada la frontera de la desmesura. Si el personaje en cuestión es además un artista, el desafío se incrementa, dado que al fin de cuentas habrá que procurar que algo de la obra aparezca ante el espectador y que el argumento no se trivialice y se agote en lo puramente anecdótico.

El mayor mérito atribuible a Agnieszka Holland y a su guionista Marek Epstein es haber entendido la necesidad de no separar al hombre Kafka de su creación literaria, privilegiando un enfoque que buscaba acertadamente articular ambas dimensiones, un propósito que evidentemente precedió y orientó la construcción del guion.

La tesis que alimenta la perspectiva de Franz es que experiencias de infancia y juventud de Kafka fueron determinantes para la vida que llevó de adulto hasta el momento de su prematura muerte y también para el desconcertante mundo de su escritura, perspectiva que se construye en la película a partir del espacio central que ocupa la figura del padre, un comerciante que siempre juzgó a su hijo como un débil y que en nada valoró su trabajo de escritor.  

Sin haber leído entrevista alguna de la directora sobre el proceso de elaboración del guion de Franz, es de presumir que el principal texto de Kafka consultado ha debido ser su Carta al padre, un escrito de 1919 en el que el autor ajusta cuentas con su padre y con sus propias debilidades, en un documento de lectura obligada e imperecedera y que marca en definitiva la orientación de la película.

La perspectiva tomada por Agnieszka Holland para enfrentar el material argumental descartaba de principio el camino de una narración lineal y obligaba a explorar otras vías, que es efectivamente lo que ensaya la directora, con una alternancia de tiempos para que el relato pase por corte directo por distintos pasajes de la vida de Kafka, incluido su crecimiento como escritor, la forma como fueron recibidas algunas de sus primeras piezas y un presente que nos muestra la burda  explotación turística de su nombre en Praga.

Pero además de la ruptura de la linealidad temporal, la realizadora introduce elementos de clara estirpe surrealista, con lo que termina componiendo una especie de caleidoscopio no tan afortunado en que se combinan momentos biográficos con citas de pensamientos e ideas del escritor, asumiendo una lógica que desorienta un tanto al espectador y que lo obliga a esperar hasta el final para tratar de poner un orden y reconstruir lo que acaba de ver.

Si algún otro elemento hacía falta para incrementar la sensación de desorden y caos de Franz, Holland acude al procedimiento de introducir voces narrativas que apoyan el relato, con personajes que por instantes miran a la cámara, creando un efecto de distanciamiento y obligando a recordar que asistimos a la presentación de una especie de retrato de artista y ese artista es el inmenso Franz Kafka, un escritor con un universo torturado y complejo.

Si hubiera que sintetizar un poco, acaso pudiera decirse que  en la película es mejor la concepción que la puesta en escena, con secuencias  deplorables como las de la escenificación de la lectura que de uno de sus textos hace Kafka, pero también otras luminosas como cuando aparece Milena, la mujer que le inspiró cartas que hoy todavía se recuerdan: ”El domingo nos veremos, estaremos juntos unas cinco, unas seis horas, es muy poco para hablar, pero es suficiente para callar, para  darse la mano, para mirarse en los ojos”.

 

 

 

 

 

 

 


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