Padre, madre, hermana, hermano: La celebración del cine
Orlando Mora
Jim Jarmush es una de las
personalidades más fascinantes del cine norteamericano de los últimos cuarenta
años. Diríamos que junto a David Lynch, Woody Allen y Clint Eastwood son responsables de muchos de los títulos que
de los años ochenta en adelante han mantenido en alto el nombre y la calidad
artística de esa cinematografía.
Todavía recuerdo el aire de
renovación que para los espectadores de entonces nos trajeron obras como Extraños en el paraíso (1984) y Bajo la
ley (1985), que se apoyaban en una manera distinta de preparar sus
proyectos, con un espíritu de libertad creativa
que de entrada colocaban a Jarmush en las márgenes de la industria y sus
trabajos bajo el rótulo justificado de cine de autor.
Lo primero que puede llamar la
atención a un recién llegado a la obra del director es el formato que propone Padre, madre, hermana, hermano, con tres relatos independientes,
cada uno de ellos con un arco dramático propio y que corren como si se tratara
de tres mediometrajes autónomos que se integran en un largo de ciento diez minutos.
Ese tipo de armado ha sido del
gusto de Jarmush y está presente en algunos de sus filmes anteriores, como
sucedía con El tren del misterio de 1989
y Café y cigarrillos de 2004, con varias narraciones que se organizaban a partir
de la referencia del tiempo o el espacio
en que transcurrían. En el caso de su última obra, ganadora con méritos del León de Oro como película mejor película
de la Muestra de Venecia del 2025, el factor de vinculación es el tema de que
tratan.
Esta vez el director y guionista
nos propone tres historias de familia bajo una perspectiva muy particular,
lejos del interés de un planteamiento de
carácter crítico o sociológico frente a la institución. Su aproximación es ante
todo a los lazos afectivos que se generan a partir de las relaciones filiales, vistos
con la distancia que imponen los años y ya cuando el tiempo ha hecho su trabajo,
erosionándolos y cargándolos con las bolsas de egoísmo con que la vida los
ajusta.
El nuevo título de Jarmush se
ocupa del regreso de tres parejas de
hijos, que vuelven física y emocionalmente a lo que queda de los afectos con el padre en
el primer relato, con la madre en el segundo y con ambos padres, muertos en un
accidente aéreo cuando pilotaban juntos un avión privado, en el tercero. El
estilo que domina en cada uno de ellos
reviste características visuales y
rítmicas propias, dictadas en parte por
los lugares en donde transcurren: New Jersey, Dublín y París.
Norteamericano de nacimiento y
con antecedente familiares irlandeses, la biografía del director da cuenta de
los días vividos en Paris, heredero en definitiva de una diversidad cultural
que ha enriquecido su universo creativo y afinado la sensibilidad con que logra acercarse al
espacio físico y espiritual en que ubica sus historias, desde la muy vital del
segmento Padre, más fría y distante en el segmento Madre y cargada de emoción contenida en Hermana, hermano.
Lo que nos depara el nuevo título
de Jarmush es una auténtica celebración del cine, una película gozosa en el
sentido más pleno de la tradición cinéfila, con una puesta en escena de una
precisión y una transparencia admirable y tan reveladora que deja la sensación
de que es muy fácil hacer cine, bajo la pasmosa sencillez que trae la maestría
en el oficio.
Mucho habría que decir del
trabajo de los actores en esta obra y del talento del director para llevarlos
al lucimiento por caminos muy diversos,
desde el magnetismo egocéntrico que desprende en la pantalla el músico, compositor y cantante Tom Waits en el
capítulo Padre hasta la sobriedad casi aristocrática de Charlotte Rampling,
el vitalismo de Vicky Krieps y la muy discreta de Cate Blanchett en Madre o la afortunada y sorprendente de Indya Moore y Luka Sabbat en
Hermana, hermano.
Cine pequeño en sus historias y
en sus modales estilísticos, un cine de cámara que tal vez no alcance a
convocar grandes audiencias, hoy reservadas a relatos audiovisuales en los que
domina la acción y en los que la cámara cumple una función básica de registro y
con puntos de clímax controlados por cronómetro, lo que seguramente condene a
películas como la de Jim Jarmush a cruzar por la cartelera de una manera fugaz.
Al salir por segunda vez de
ver Padre,
madre, hermana, hermano me han vuelto a la memoria las palabras de amor con
que el crítico y realizador francés Francois Truffaut cierra La noche americana, su hermosa película de
homenaje al llamado arte del siglo XX: reina el cine.
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