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 Las plataformas y el nuevo espectador

Orlando Mora

Este jueves 9 de abril en el anuncio de la programación de las secciones oficiales de la edición 79 del Festival de Cine de Cannes 2026, su presidenta, Iris Knobloch, reiteró  la unión afectiva y el respaldo del certamen al cine exhibido en  salas, a las que se refirió “como uno de los raros lugares en donde nuestras diferencias coexisten”.

También la escritora española Rosa Montero en un artículo afirmaba con razón plena que no es lo mismo ver películas en un televisor que en las salas de cine, afirmando que en ellas se vive “una ceremonia colectiva” y destacaba que en España hoy quedan 750 salas con 2.5000 pantallas, lo que la llevaba a cerrar con unas palabras de  entusiasmo: “Contra todo pronóstico y toda pereza, el cine vive. Viva el cine”.

Pertenezco a una generación que conoció el cine como el único y gran  entretenimiento popular, fuera del fútbol. De niño fueron los matinales que esperábamos con ansiedad los domingos y días de fiesta a las 11 de la mañana, y ya de jóvenes eran las funciones con tres horarios fijos e invariables, que se anunciaban con los nombres amables de matiné (3 p. m), vespertina (6 p. m) y noche (9 p. m).

La televisión apenas se iniciaba y la única alternativa para ver una película era desplazarse a uno de los teatros de la ciudad, algunos  en el Centro y los otros localizados en diferentes barrios. Ir a cine  implicaba un desplazamiento físico considerable, ya que se trataba de salas distantes y uno como espectador debía seleccionar lo que quería ver para llegarse al teatro en el que se proyectara, sin posibilidad de cambio, dado que en cada sala solo se programaba un  título.

Las salas permanecían iluminadas y cuando se apagaban las luces, los asistentes nos preparábamos  para entrar al mundo mágico de las imágenes en movimiento, las que se contemplaban en medio de un silencio que se respetaba. El cine pertenecía exclusivamente a los teatros y se asistía a un espectáculo que pudiera describirse  como de soledad acompañada.

Seguramente bastarán los párrafos anteriores para darse cuenta de que comparto las palabras de Iris Knobloch y de Rosa Montero, y que las suscribiría sin reserva en lo que toca con la diferencia entre ver una película en un teatro y verla en un ambiente doméstico.  Discrepo sí con pesar de las declaraciones de esperanza en cuanto a que ese gusto se sostenga o vaya a sostenerse y hoy pienso que la relación del público con el cine cambió y que lo hizo de forma definitiva e irreversible.

Quizás lo primero a subrayar es la abundancia y dispersión de la oferta para ver historias que se narran con imágenes en movimiento, que ya no están exclusivamente en los teatros sino que se ofrecen mayoritariamente en otros medios y principalmente  en las distintas  plataformas, lo que determina  un cambio progresivo en los hábitos de consumo del espectador, que ha perdido interés en las salas y prefiere decidir en libertad el momento y el soporte en que desea ver algo de lo mucho que se le oferta.

Desde luego esa modificación en la manera como el destinatario del producto lo recibe incide fatalmente en la industria de la producción, que va acomodando sus piezas a las exigencias del mercado, privilegiando las historias y otorgando a los guionistas el papel protagónico que tal vez no ocupaban desde los primeros tiempos del cine sonoro.

Las salas  no van a desaparecer, pero existen fundamentalmente  porque en ellas se estrenan los grandes tanques comerciales norteamericanos, que son hoy los que sostienen a flote y soportan la industria de la exhibición. El cine de calidad  queda reservado para unos pocos teatros y espacios culturales, responsables de programar un material que llega al amparo del prestigio  que otorga la participación en los festivales internacionales.

Más que “el cine vive”, que predica Rosa Montero, digamos que vive el audiovisual y que a diferencia de nosotros los mayores, que estábamos atentos a los estrenos en salas que cada viernes anunciaban los periódicos, ahora la cinefilia  obliga a visitar a diario  las plataformas para descubrir nuevos  títulos y  repasar otros que pertenecen a la historia del que conocimos como “el arte del siglo XX”,  y que ya no podremos ver en salas.

De alguna manera y sin que exista alternativa  posible,  todos nos hemos convertido en nuevos espectadores. Desde luego, a muchos nos asalta la nostalgia y el temor de que los cambios están empobreciendo el lenguaje cinematográfico, tal como lo aprendimos en el cine clásico y lo amamos  en las películas de los grandes maestros.

 

 

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