Mis muertos tristes: Las voces
que no escuchamos
Orlando
Mora
En
la competencia oficial del Festival de Cine de San Sebastián finalizado hace un
par de semanas figuraba una película del director chileno Pablo Larraín: Mis muertos tristes. Lo curioso es que
en simultánea la plataforma Netflix subió a su programación el mismo trabajo
del director, pero anunciado bajo el formato de una serie de cuatro capítulos, en
lo que creo pueda ser el primer caso con una propuesta semejante.
En
efecto, se conoce de películas cuyos argumentos han despertado el interés de
productores para llevarlos a series, apoyándose en el talento profesional de
los guionistas, convertidos hoy en las verdaderas estrellas de los seriados que
copan la actualidad. Quizás ni siquiera en los primeros años del advenimiento
del sonido los guionistas disfrutaron de tal preeminencia en el escalafón de la
industria.
Difícil
anticipar si Mis muertos tristes
aparecerá al final por la cartelera comercial del país y conocer si se dieron ajustes
en el montaje para garantizar algún tipo de continuidad, diferente a la que por
su propia naturaleza corresponde a los seriados. Solo en ese momento sabremos
si es viable el ensayo de que una misma obra funcione a la vez como película y
como serie.
Por
ahora queda hablar de la serie que firma Pablo Larraín, uno de los directores
más prestigiosos del cine chileno. Con apenas algo más de treinta años se
embarcó en filmes que se ocupaban de los oscuros años de la dictadura de
Augusto Pinochet, en una trilogía que abrió en el 2008 con Tony Manero y prosiguió con la celebrada Post Morten en el 2010, conquistando un prestigio que lo ingresó en
el exclusivo club de los realizadores que, asumiendo riesgos, saltan de
latinoamericanos a internacionales. En ese terreno el chileno ha confirmado sus
dotes y destrezas, con obras de gran tamaño en las que no ha naufragado y, por
el contrario, ha conservado estándares de dignidad, como acontece con su
trilogía sobre Jacqueline Kennedy, Diana Spencer y María Callas.
Antes
de entrar a escribir de Mis muertos
tristes debo empezar por declarar mi escaso afecto por las series, un
formato que desafía mi formación de espectador de cine. Siempre he pensado que
los primeros y los últimos planos de una película entregan gran parte de su
verdadero significado, y por eso en principio me resisto a que una misma
historia deba tener principios y finales en cada capítulo, que deben verse a
veces en distintos días y según los vayan integrando a la programación de las plataformas.
Incluso vistas de manera sucesiva como acontece con el trabajo de Larraín,
siento una dispersión que atenta contra mi concentración de espectador.
Todavía
recuerdo la feroz oposición que un grupo de directores italianos encabezados
por Federico Fellini hicieron a la práctica de la televisión de su país de
cortar las películas para dar paso a los anuncios comerciales, alegando que se
constituía en un atentado contra el ritmo con que el director había concebido y
plasmado su obra. Ahora bajo nuevas circunstancias y conscientes de que las
condiciones de la industria cambiaron, los directores han debido sumarse al
enemigo y volver parte de su proyecto las interrupciones cada treinta o
cincuenta minutos, planeando con sus guionistas esto de trabajar a la manera de
conductores de carros, con arranques y paradas.
Puesta
por anticipado mi limitación, pienso que en Mis
muertos tristes esa discontinuidad se siente y afecta el resultado, dado el
tipo de historia que cuenta y que busca enlazar el presente con el pasado a
través del personaje central, una médica jubilada de malas maneras por la
institución en que laboraba y que posee el don de seguir viendo, escuchando y
hablando con los muertos.
El
origen de la serie son cuatro cuentos de la argentina Mariana Enríquez, una
escritora que trabaja el terror a partir de una cerrada y opresiva
cotidianidad, con una prosa corriente que envuelve poco a poco y que pienso
invita a las adaptaciones cinematográficas, tal como se vio con la reciente La Virgen de la Tosquera de la directora
Laura Casabé, menos ambiciosa y más lograda que la pieza de chileno.
No
caben reproches al trabajo de puesta en escena de Larraín. Sus secuencias están
resueltas con notable solvencia. La idea de ubicar la historia en las afueras
de la ciudad de Buenos Aires, en los límites de una marginalidad dolorosa,
funciona. La actriz Mercedes Morán se devora cada plano en la pantalla. El
resto del elenco, que encabeza la talentosa Dolores Fonzi, luce espléndido. Los
problemas vienen del armado de la historia como unidad y de la forma como se disuelve
y pierde consistencia a medida que avanzan los capítulos, cada uno obligado a navegar
en un clima dramático al que le faltan progresión y continuidad.
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