Moscas: De la vida que no acaba
Orlando Mora
Luego de un tránsito fugaz por la
cartelera comercial de la ciudad, la plataforma Mubi incorporó hace unos días a
su programación la película mexicana Moscas,
promocionada con el antecedente de su exitosa participación en la competencia
oficial del festival de Berlín en febrero de este año.
Sigo pensando que conocer las
obras anteriores de un director agrega un plus a la mirada con que el
espectador puede acercarse a un determinado título. Vuelvo ahora a esta
obviedad para destacar que esta vez Mubi ofrece la posibilidad de revisitar o
descubrir tres de los títulos anteriores de Fernando Eimbcke, incluida Temporada de patos, su opera prima
fechada en el 2004.
Poder ver antes de Moscas esos tres filmes permite identificar
el rigor y la coherencia con que el mexicano viene construyendo una filmografía
que se despliega a ritmo pausado, con un total de apenas cinco películas en un
recorrido de veintidós años, todas trabajadas a partir de guiones que le
pertenecen en solitario y recientemente con la participación de la escritora
Vanesa Garnia.
Temporada de patos, Club Sándwich
y Lake Tahoe dejan ver con transparencia
que Eimbcke es un director que descree de los grandes relatos y de las
historias corales. Su universo narrativo es breve, reducido, minimalista, observada
la realidad con el interés de alguien que solo desea posarse en una porción de ella,
invitando a que al final sea el espectador quien descubra lo mucho que se
oculta detrás de las situaciones menores y corrientes de las que siempre parte.
Una segunda observación útil
antes de llegar a Moscas es la
consistencia y perseverancia del mexicano en su rechazo al sentimentalismo, el
que elude mediante un montaje que conecta momentos de la acción, evitando que
la continuidad y la simultaneidad en el desarrollo de la historia confluyan en
picos emocionales, en un tipo de cine que trabaja y aspira al anticlímax y a
una cierta neutralidad emocional a la hora de ocuparse de tramas que se
inscriben en una cotidianidad anodina, gris
y de engañosa intrascendencia.
La nueva película del mexicano
empieza con la pantalla en negro y el ruido del revoloteo de una mosca. Cuando
aparece Olga, vemos la incomodidad que le produce esa intromisión y sus
intentos por aniquilar el insecto que tanto la molesta. Lo que sigue es la
descripción a saltos de la vida solitaria que lleva la mujer, habitante sin
comunicación con sus vecinos de una torre de vivienda multifamiliar en ciudad
de México y a la que otras cosas igualmente perturban y afectan su rutina: una
cortina que no cierra, el ruido de vecinos que conversan o disfrutan del sexo,
el ascensor que está ocupado o fuera de servicio.
Acosada por la dolencia en un pie
y la escasez de dinero, Olga se ve forzada a ofrecer bajo condiciones estrictas
y acordes con su carácter un cuarto en arrendamiento. La llegada del inquilino
y sus particulares circunstancias marca el primer giro en la evolución del
argumento y desencadena los eventos que ocuparán poco más de la mitad del
metraje.
Una de las curiosidades en la
construcción del guion es la existencia de un segundo punto de giro, determinado
por el hecho de que el inquilino debe por urgencias económicas marcharse de la
ciudad, dejando solo al hijo en el cuarto rentado. Esa ausencia da origen al
contacto y la relación de Olga con el niño, momento a partir del cual la
película adquiere otro registro y va revelando sus verdaderas intenciones.
Moscas abre y cierra con la mujer, lo que apuntala su condición de
verdadera protagonista. Al final la película del mexicano trata de la manera
como la vida vuelve a asomarse en la rutina oscura y monocorde de Olga,
regresándole sentimientos que creía desaparecidos para siempre. En el plano de
cierre ya ni siquiera desea matar la mosca que antes tanto la perturbaba y
prefiere abrir la ventana para que el insecto siga con su vuelo.
En pocos directores recuerdo
haber visto en los últimos años un uso tan fascinante y sugestivo del sonido,
aprovechándolo para otorgar presencia a lo que la cámara no registra, es decir,
al fuera de campo. Diálogos escasos, pero el silencio, los ruidos de la calle, la
música ocasional de un chachachá adquieren una dimensión igual y tan potente
como la que se desprende de las imágenes
de su expresivo blanco y negro.
Muchas otras cosas para destacar en
Fernando Eimbcke: la estilización del
espacio a partir de su geometrización, la frontalidad de los encuadres, la
renuncia al uso del movimiento en travelling de la cámara, el eficaz manejo de
los actores y una estrategia narrativa que desdramatiza el relato en procura y beneficio
de emociones más profundas.
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