Amarga navidad: De los años que pasan
Orlando Mora
No suena equivocado afirmar que
en toda película y en general en cualquier obra narrativa terminan colándose
elementos de la biografía del autor. La sensibilidad individual, la forma de
mirar y valorar los hechos, la postura frente a los personajes son aspectos que
indefectiblemente introducen en los relatos cuotas de subjetividad, más allá de
la voluntad declarada de los creadores.
Pero hay casos en que de entrada existe
la decisión clara y manifiesta de servirse de la información y de la
experiencia recogidas a lo largo de los años y convertirlas en materia
argumental, haciendo que la obra parta del escritor o director para regresar a él,
a la manera de la imagen que de nosotros nos devuelve el espejo.
Sirva esta observación a título
de introducción para referirnos a Amarga
navidad, la última película de Pedro Almodóvar, estrenada en su país en el
mes de marzo, parte de la competencia en el reciente festival de Cannes y que en
días ha llegado a las pantallas comerciales gracias a la alianza de vieja data
de la productora del español con la Warner.
Amarga navidad revela en pocos minutos la estrategia de su
narración. Lo que vemos al inicio de la película pronto se pone en evidencia
que se trata de la visualización de un guion que está escribiendo Raúl Durán, un
prestigioso director cargado de triunfos y reconocimientos y que ahora acumula
cinco años sin rodar, situación que lo acosa y lo coloca en el aprieto de
encontrar una nueva historia para salir de su silencio.
Así que la Elsa con que arranca
la obra forma parte de la ficción en que está trabajando Raúl, con la
particularidad que el personaje que éste imagina es a la vez una directora que
realizó un par de películas y que lleva diez años dedicada a la publicidad,
acompañada por el deseo sumergido de regresar alguna vez a la realización.
En el juego de espejos o desdoblamientos que propone Amarga navidad, el guionista Almodóvar
concibe un personaje que es al igual que él un director de cine, y éste a su
vez está escribiendo la historia que protagoniza una mujer que también realiza
películas, ambos personajes de ficción asediados por dificultades a la hora de escribir sus
nuevos relatos, lo que de principio deja ver que el propósito principal del
español es proponer como eje y centralidad de su obra los retos creativos de su
trabajo de guionista, en un ejercicio ostensible de autoficción.
Las películas que tratan de la
realización de películas han dado lugar a una especie de subgénero de cine
dentro del cine, con títulos clásicos de los que para efectos de ubicar Amarga navidad me gustaría citar dos en particular:
La noche americana de François
Truffaut y 81/2 de Federico Fellini.
Si la primera es una celebración del cine en la fase de rodaje, la segunda refleja
la crisis creativa de un director, lo que de entrada la acerca un poco a lo que
puede percibirse al fondo del nuevo filme del español.
Solo que las dudas del Almodóvar creador
no alcanzan a configurar un soporte argumental con la fuerza y la potencia deseables
y la obra nunca alcanza el vuelo al que seguramente aspiraba el realizador.
Queda una reflexión válida acerca de las fuentes de inspiración de un guionista
y de hasta dónde es lícito moralmente convertir en ficción situaciones de seres
cercanos o conocidos, asunto que da origen a las dos secuencias de mayor
intensidad dramática de la película.
Ahora bien, los reparos y
vacilaciones que como espectadores nos deja Amarga
navidad parecen ser compartidos por el propio director y son puestos en la
conversación de la colaboradora habitual de Raúl, cuando lo confronta y le
señala los hallazgos y también las muchas debilidades del guion que ha escrito,
fragilidades que son las propias del trabajo de Almodóvar, un hecho que desde luego no invalida la plenitud formal
de un filme que da cuenta de una maestría que se encuentra más allá de toda controversia.
Si algo dejan ver La habitación de al lado y Amarga navidad, los dos últimos títulos
del manchego, es un Almodóvar consciente del paso de los años y del difuso sentimiento
de nostalgia que despierta el pasado, al que se regresa como en relámpagos y que
como artista lo está conduciendo a una
mirada más introspectiva y serena.
En esa medida no extraña que algunos de los mejores pasajes de Amarga navidad sean aquellos en que el
director vuelve al clima emocional del melodrama, sirviéndose para ello de temas de la música popular latinoamericana que
tanto admira, como acontece cuando Amaía con un fondo de chelo dice la Canción
de las simples cosas y Chavela Vargas, con voz desgarrada y crepuscular,
interpreta dos versiones de La Llorona
y los primeros versos de Amarga navidad,
la composición del mexicano José Alfredo Jiménez que presta el título a la
película.
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