Tardes de soledad: La ceremonia
de la muerte
Orlando
Mora
Hace
algunos días se subió a la plataforma Mubi Tardes
de soledad, una película española que entiendo nunca llegó a la cartelera
comercial de la ciudad, algo que naturalmente debe lamentarse, pero que por
esta vez sería plenamente comprensible, más allá de los merecimientos y la muy
alta calidad de la obra.
Dos
datos alcanzan para destacar la importancia de Tardes de soledad: fue la ganadora de la Concha de Oro en el
festival de San Sebastián de 2024 y la revista Cahiers du Cinema la calificó como el mejor filme del año 2025. Si algo
hubiera que sumar, recordemos que su director Albert Serra es uno los nombres
claves en lo que toca con el cine de autor en su país.
A
pesar de los méritos incontrovertibles y apasionantes de la película, hay que
aceptar que su lanzamiento comercial no era fácil por el tema de que se ocupa y
el tratamiento que el catalán le ha imprimido, colocando al público de frente con
la violencia del espectáculo de la lidia de toros, sin ahorrarse un detalle del
terrible duelo a muerte que libran en sus citas toro y matador.
Las
corridas de toros son una muy antigua fiesta española que se extendió a unos
pocos países europeos y a varios de América Latina. Si bien sus tiempos de
esplendor son cosa del pasado y cada vez los espectadores jóvenes se resisten a
ella y reclaman su prohibición, no queda duda alguna de su larga historia y de
los grandes momentos en tardes memorables a cargo de toreros cuyos nombres se
conservan.
Curiosamente
el mundo de los toros no ha sido visitado con demasiada frecuencia por los
guionistas y directores de cine. Pocos títulos vienen a la memoria y entre
ellos uno de los de mejor recuerdo es Torero,
una obra de 1956 que dirigió el español radicado muchos años en México Carlos
Velo.
Torero es una película en la que el matador mexicano Luis
Procuna cuenta en primera persona parte de su historia, evocando sus primeros
años de miseria y el largo camino transitado para convertirse en una figura
nacional. La voz en off de Procuna nos habla de los temores que se viven al
salir de camino a una corrida, siempre bajo la duda de saber si habrá regreso
para estar entre los suyos. El torero mexicano dice allí una de las frases que
mejor sintetiza el aliento con que se llega a esa profesión: Los toros son
peligros, pero más cornadas da el hambre.
Tardes de soledad tiene cuerpo y alma de documental. Su protagonista
es el torero Andrés Roca Rey, a quien Serra anduvo siguiendo durante tres años
en muchas de sus faenas y en distintas plazas. Renunciando de entrada a
cualquier tentación biográfica, el director se abstiene de darnos un solo dato acerca
de la vida del torero en lo familiar y lo social. En la película lo vemos solo
cuando está toreando y en los momentos previos y posteriores a las faenas,
cuando en una micro se desplaza camino de la plaza o de regreso de ella,
acompañado únicamente por su apoderado y su cuadrilla, en tomas frontales de
una quietud plena.
En
esa medida hay que decir que Tardes de soledad
no es un documental sobre Andrés Roca Rey, es un documental con Andrés Roca
Rey, ya que se centra con absorbente y demoledora fijeza en los pasajes más
intensos de las corridas, desde el momento en que el toro sale de los corrales
y pisa la arena hasta el otro en que ya muerto y ensangrentado es arrastrado
rumbo al destajadero.
Albert
Serra no propone un alegato en torno a la violencia que tienen las corridas de
toro. Su mirada de poeta se limita a registrarla con una desnudez que conmociona
y toca fibras muy profundas de la sensibilidad del espectador. El toro de
lidia, ese animal que parece mirarnos desde un oscuro misterio en los planos
iniciales de la película, se enfrenta en la soledad del redondel con un hombre que
procurará dominarlo y llevarlo a la muerte, en una faena que inicia con los lances
de capa, prosigue con la pica del animal, luego las banderillas y finaliza con el
toreo de muleta, momento previó a la estocada que liquidará la vida del animal.
“No
me interesan las causas ni la ideología, solo el cine”, dijo el director frente
a críticas por la crueldad de las imágenes de su película, claramente concebida
como una especie de ceremonia de la muerte. Por eso una vez acabadas las
faenas, en lugar de quedarse con el torero y con los gritos de celebración de los
aficionados, la cámara se gira hacia los animales muertos mientras son
enganchados para el arrastre y cuando algunos movimientos reflejos dan cuenta
de una vida que ya no está.
Nunca
el cine había llegado en su aproximación a la llamada fiesta brava a la hondura
que alcanza el catalán en su película, desde ya un clásico para quienes ahora y
en el futuro quieran conocer sobre el toreo, visto y sufrido desde sus mismas
entrañas. Sin concesiones: dura, hermosa, implacable.
Comentarios
Publicar un comentario