Nueva Ola: Una celebración del cine
Orlando Mora
El cine lo sabemos es también un
arte, pero las películas, a diferencia de lo que acontece con otras creaciones
artísticas, se realiza en medio de circunstancias materiales y técnicas muy
exigentes y que influyen de manera notable en el resultado final. Digamos que las
condiciones en que se encontraba el escritor que escribe una novela o el pintor
que pinta un cuadro pertenecen más al ámbito de la anécdota y en principio no condicionan
la calidad de la obra.
No sucede igual con el cine en el
que una cosa es lo que se escribe en el
guion, otra lo que se rueda, otra lo que se edita y tal vez una muy distinta la
que finalmente verá el público en la pantalla. Entre el proyecto inicial, su finalización
y el lanzamiento suelen presentarse obstáculos e inconvenientes que poco a poco
van alterando lo que el director pretendía, cambios de los que solo unos pocos
se enterarán y al espectador le tocará simplemente juzgar la pieza, asumiéndola
como una obra plena, desligada ya de todos los avatares que la rodearon.
En ese sentido resulta viable
afirmar que las películas tienen una biografía, por lo general curiosa, larga y
compleja, de la cual se tendrán muy pocas y remotas noticias. Esta consideración
para empezar a hablar de Nueva Ola,
el filme del norteamericano Richard Linklater estrenado comercialmente en la
ciudad hace poco más de una semana y que todavía se mantiene en algunas salas
del circuito alternativo.
Nueva Ola nos cuenta apartes de la biografía de Sin aliento, primer largometraje que el
director Jean-Luc Godard realizó en el año de 1959, y que junto a Los cuatrocientos golpes de François
Truffaut e Hiroshima mi amor de Alain Resnais sirvió para
lanzar el movimiento francés que removió los cimientos de lo que era el cine hasta
ese entonces, cambiando su faz de manera definitiva y constituyéndose junto con
el Neorrealismo italiano en los dos momentos creativos de mayor incidencia en
la historia del cine desde mediados del siglo pasado.
Para efectos de entregar el
contexto en que surgió Sin aliento,
Linklater dedica los primeros minutos del filme a presentarnos a varios de los
principales protagonistas de la Nueva Ola, sirviéndose de actores de un gran
parecido físico con los personajes reales, con lo que aumenta el poder de
evocación y traza pinceladas acerca de lo que se vivía en el año 1959, en los
días previos al estreno en Cannes de Los
cuatrocientos golpes de Truffaut.
Para una mejor perspectiva de
acercamiento a Godard y a la película, conviene recordar que estamos ante un
personaje que desde sus días de crítico en la revista Cahiers du Cinema mostró una agudeza de la que era plenamente
consciente y que lo colocó en la primera línea del movimiento, lo que explica
sus quejas por no haber realizado a los veinticinco años de edad su primer
largometraje, cuando ya varios compañeros de generación habían alcanzado ese
logro.
Con Sin aliento Godard dio inició a una carrera profesional en la que
combinó la realización de películas con declaraciones en las que propuso y profundizó
sus reflexiones sobre el cine y anunció muchos de los cambios que se fueron
presentando a partir de los años sesenta, adquiriendo para muchos las
dimensiones de una especie de profeta o predicador.
Linklater reconstruye en Nueva
Ola instantes de la preparación de Sin
aliento y de lo que fueron sus veinte días de rodaje, adelantados bajo una
relación difícil del director con su productor, dada la forma anárquica y nada convencional como lo
adelantaba Godard, incluida la desconfianza de la actriz Jean Seberg por una
manera de trabajar radicalmente distinta de la de Hollywood, del que venía de
realizar en 1958 la exitosa película Buenos
días, tristeza bajo la dirección de Otto Preminger, al que Seberg dedica
palabras poco amables.
Como bien se afirma en las líneas
de cierre de la película, Sin aliento
es una obra con dimensiones de clásico, con rupturas que desafiaron normas de
la escritura clásica y en la que el director cristalizó una especie de manifiesto
en defensa de la libertad a la hora de afrontar la puesta en escena de un
relato, buscando que los valores no estuvieran en la historia sino en la puesta
en escena.
Richard Linklater es un director
al que debemos varias de las obras más inteligentes y entrañables del cine
norteamericano de los últimos treinta años y al que siempre agradeceremos
habernos regresado con Nueva Ola a la
nostalgia de lo que fueron los finales de los años cincuenta, con una película gozosa,
vital, que rinde un homenaje al cine y a la cinefilia, y que tal vez estimule la
revisión de la obra de Jean-Luc Godard, una figura visionaria e imprescindible a
la hora de entender lo que fue la configuración
de la modernidad cinematográfica.
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