Michael: Un retrato sin sombras
Orlando Mora
Todavía recuerdo cómo en los años
ochenta del siglo pasado todos los reflectores y las luces del mundo del
espectáculo estaban dirigidas a Michael Jackson, una figura singular que
deslumbraba con su voz y con la manera como innovaba en distintos campos a la hora
de lanzar sus producciones y realizar sus conciertos. Sin embargo, debo
confesar que su música no fue nunca la mía, ya que en ese momento mis gustos
estaban jugados hacia otros géneros más tradicionales, descubiertos en mi
infancia y en mi adolescencia, y que son los mismos en los que todavía
encuentro el impagable acompañamiento que nos brindan las canciones que nos evocan
el pasado. La nostalgia que despierta Jackson en generaciones posteriores me es
por entero ajena.
Esta primera mención interesa
porque en presencia de una película biográfica como Michael seguramente los que crecieron con su música, al escuchar y
recordar algunos de sus grandes temas, reproducidos con la calidad de sonido de
las salas actuales de cine, obtendrán un placer que se nos escapa o adelgaza a
nosotros los mayores, muy distantes por edad del registro y del tipo de
sentimiento que expresaban sus creaciones.
En mi caso, más que la música lo
que más me llamó la atención en su momento fueron los videos de lanzamiento y
promoción de sus grandes álbumes, en particular los de Thriller y Bad,
realizados con una concepción radicalmente diferente, rodados en fílmico y el
segundo de ellos bajo la dirección de Martin Scorsese. Esos trabajos fueron
juzgados como únicos y todavía se catalogan como producciones históricas que abrieron caminos que luego creo
no se siguieron, o por lo menos esa es la impresión que me acompaña.
La película Michael, estrenada a nivel mundial con unos resultados de taquilla que
asombran y tal vez superaron las expectativas de sus productores, pertenece al
género de los llamados biopic, trabajos que aspiran a contar al espectador la
vida de algún personaje notable en uno cualquiera de los campos del hacer
humano: el arte, la ciencia, la política, y lo hace por la vía de la ficción,
lo que los distingue de ensayos
biográficos que se cuenten en clave documental, es decir, obras que utilizan material
real como grabaciones, entrevistas con el biografiado o con terceros que lo conocieron,
registro de presentaciones o actuaciones del personaje de turno, etc.
Michael es un biopic en el sentido más tradicional y se centra en
narrar la vida del músico desde sus primeros años, cuando todavía niño dejó ver
sus increíbles dotes para el canto y una soltura en el movimiento que ya
anunciaba lo mejor. Sus inicios y crecimiento al lado de sus hermanos en la
agrupación los Jackson Five
constituyen el cuerpo del relato, que se cierra justo en el momento en que Michael
ofrece una última presentación junto a sus hermanos y reinicia su carrera como
solista con un concierto memorable en Londres.
El director Antoine Fuqua, un
realizador con más oficio que inspiración, propone una dramaturgia de una
elementalidad que duele, defraudando las expectativas que generaba la presencia
como guionista de John Logan, colaborador de Scorsese y otros directores de
nivel. Si nos atreviéramos a pensar que la película propone una mirada sobre
Michael Jackson como ser humano, habría que señalar que Fuqua se circunscribe a
contar con estilo bronco y trazo grueso la vida de alguien al que la violencia
de un padre le robó la niñez, lo convirtió en un adulto que nunca acabó de
crecer y que por eso quizás nunca consiguió ser feliz.
Queda también en discusión para
los biógrafos la controversia acerca de la oscura relación de Michael con los
niños y si fueron o no ciertas las públicas acusaciones de pederastia, que acá
se lavan por anticipado al mostrar que su actitud hacia ellos correspondía a
gestos y actitudes de generosidad y solidaridad.
De las cosas rescatables del
trabajo de Fuqua queda primero la fastuosidad con que reconstruye los números
musicales, en un soberbio despliegue que obliga a recordar que el cine
norteamericano desde la aparición del sonido supo desarrollar un género en el que la música y la coreografía
alcanzaron auténticas cimas de maestría, seguramente gracias a los buenos
presupuestos de producción y a la
tradición de los espectáculos musicales de teatro que nunca faltan en las
carteleras de Nueva York y otras ciudades de los Estados Unidos.
Lo segundo a destacar es la
actuación más que convincente del joven intérprete Jaafar Jackson, cuyos antecedentes
como sobrino de Michael daban para sospechar que su escogencia obedecía a un
asunto de simple complacencia familia, cosa que por fortuna no acontece y su
presencia termina siendo una sensible y verdadera revelación.
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