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Hasta el último hombre: Los hechos de la guerra

Orlando Mora

Perderse los planos iniciales de cualquier película impide siempre una correcta y completa lectura de ella. El principio y el cierre de la obra resultan definitivos, en cuanto son ellos los que mejor revelan el sentido del discurso cinematográfico que nos propone el director, abriendo y restringiendo las posibles lecturas del texto audiovisual.
Hasta el último hombre de Mel Gibson confirma la verdad de la afirmación anterior. En la primera escena de la película asistimos a una presentación anticipada de algunos de los momentos que se vivirán en las secuencias centrales de la película, que vienen acompañados con un texto que revela el tono religioso, trascendente que el director quiere imponer como  punto de vista sobre los hechos de la guerra que va a mostrar.
De alguna manera si el filme no llega a buen puerto, ese resultado tiene que ver con que no consigue que el infierno de cualquier guerra, en este caso el combate de las tropas norteamericanas en Okinawa, en la que los historiadores juzgan como una de las batallas más sangrientas de las libradas en el frente del Pacífico, adquiera una dimensión que se corresponda con las promesas de la secuencia de apertura.
Un primer aviso de la película nos anuncia que se inspira en un hecho real, en concreto la historia del primer objetor de conciencia en el ejército de los Estados Unidos, quien adquirió estatus de auténtico héroe al conseguir salvar la vida de setenta y cinco soldados, sin tocar jamás un arma y dedicado con exclusividad a sus tareas de asistencia médica.
El solo dato de que Desmond Doss, el protagonista, pertenezca a la iglesia Adventista del Séptimo Día, no alcanza para configurar un personaje lo suficientemente potente para suministrar una perspectiva diferente al material bélico que ocupa buena parte del metraje de la obra, en especial porque allí se narra que la oposición de Doss  a las armas responde más a un trauma psicológico de la adolescencia que a convicciones religiosas profundas.  
Gibson utiliza una maquinaria visual explícita para mostrar lo salvaje y terrible de la guerra, con un exceso de violencia y sangre que no resulta fácil de entender, por lo menos si se mira desde el punto de vista de lo que en principio parecía buscar la obra. La presunta dimensión espiritual o religiosa de Doss cede ante lo inverosímil y gratuito de su gesta final, sin que los planos documentales del cierre consigan superar el desajuste.
El actor Gibson se ha puesto en cinco ocasiones detrás de la cámara y enseña maneras de director nada desdeñables, aunque el gusto por la acción se engulle en definitiva las ideas. Sus seis nominaciones al Oscar, entre ellas las más valiosas de mejor director, mejor película y mejor actor, son prueba de que otros juzgan con más aprecio este trabajo.   

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