Ir al contenido principal



Jericó: El infinito vuelo de los días
Orlando Mora

“Un país sin cine documental es como una familia sin álbum fotográfico”, dijo alguna vez el cineasta chileno Patricio Guzmán. La frase vuelve a la memoria a propósito de la opera prima de Catalina Mesa, una pieza con una serie de virtudes dignas de mención, la primera de las cuales tiene que ser la de contribuir a conservar una memoria de cosas que no deben olvidarse.
El cine en general posee un valor etnográfico en cuanto su unidad básica, el plano, se construye con elementos tomados de la realidad. Cuando pasan los años y el mundo referencial de esos planos ya no existe, queda el rastro de unas imágenes que nos hablan desde un pasado que siempre será importante, en cuanto huella que recuerde el tránsito fugaz de seres que alguna vez fueron y ahora ya no están.
Todo es tiempo, como enseña Borges y poco o nada se puede hacer contra su marcha destructiva, salvo quizás intentar salvar momentos a través del registro veraz de la fotografía y el audiovisual. Es una forma de lucha contra el olvido, una de las pocas posibles y en todo caso, la más efectiva. Fijar el tiempo, detenerlo en imágenes y esperar que otros, los por venir, logren descifrar en ellas el sentido de un mundo que ya no existe.
Eso es Jericó, el infinito vuelo de los días, el documental de Catalina Mesa que ahora se exhibe en la ciudad. Un ejercicio de conservación de la memoria que nunca acabaremos de agradecer, una pieza con vocación de perdurabilidad, una película sobre un presente que en pocos días será pasado y que por anticipado la directora rescata del olvido y fija en unos planos de  belleza justa y emoción contenida.
En momentos en que el documental avanza hacia terrenos de experimentación notables y de fuertes tintes autorales, Mesa cede en el protagonismo de  autor y centra su trabajo en el registro de lo que cuentan de sus vidas un grupo de mujeres mayores de Jericó. No hay ninguna pretensión de tesis ni se camina en   un discurso superpuesto a lo que simplemente dicen las protagonistas, palabras de las que va surgiendo de manera natural un retrato generacional que da cuenta de un tiempo y de una cultura.
El tono emotivo de este retrato múltiple que nos propone la directora se incrementa con la utilización de una entrañable banda sonora, con  boleros y pasillos que aumentan la nostalgia ante un universo crepuscular cuyo final las mujeres presienten y del que hablan sin que una lágrima traicione la conciencia de que se ha vivido y se ha cumplido con la vida.



Comentarios

Entradas más populares de este blog

  Cónclave: Los secretos públicos Orlando Mora He visto tardíamente la película Cónclave , a punto de abandonar la cartelera luego de una exitosa carrera comercial que sorprende e invita a algunas reflexiones. En especial cuando se intenta descifrar el misterio del por qué de la atracción del público por determinadas historias y su desinterés en otras, sin que al final importe el mayor o menor grado de verdad o de revelación que ellas comporten. Pocas veces puede resultar de mayor utilidad el distinguir a propósito de una película entre el de qué trata la historia y la forma como la misma se estructura en el guion, con determinaciones esenciales que tocan con el punto de vista narrativo, su línea de tiempo, y su distinción en transiciones que lleven desde el planteamiento del hecho dramático a su alteración y por último, a su solución. En Cónclave esa separación adquiere un peso evidente, dado que de entrada el tema   actúa como una invitación al   espectador par...
  María Callas: El crepúsculo de una diva Orlando Mora Creo recordar que alguna vez Jorge Luis Borges hablaba de alguien para quien la ignorancia no guardaba ningún secreto. De ese grado es mi desconocimiento del mundo de la ópera, del cual lo ignoro todo y algo más, confesión necesaria antes de entrar a escribir sobre María Callas , el filme de Pablo Larraín que prosigue en cartelera luego de varias semanas. A pesar de lo digital, el cine continúa siendo un arte realista. A la hora de enfrentar cada plano de una película, el espectador reconoce fragmentos de realidades ya vistas y a partir de los mismos va construyendo su propia lectura y su propia interpretación.   En esa medida, cuanto más se conozca de la realidad en mención, mayores las posibilidades de entendimiento y placer. Seguramente un buen aficionado identificará las arias que acá se cantan, sabrá a qué operas pertenecen y podrá encontrar claves y derivar un gozo al cual soy completamente ajeno. Difícil emp...
  El segundo acto y Un dolor verdadero: Los encantos del cine pequeño Orlando Mora Empecemos por una constatación: el cine de calidad de estos últimos años ha ido extendiendo progresivamente su metraje y hoy parecen olvidadas las enseñanzas de los maestros clásicos norteamericanos, capaces de construir universos con duraciones de apenas noventa o cien minutos. Miremos ejemplos recientes: 139 minutos Anora , 168 minutos La semilla del fruto sagrado , 215 minutos El brutalista. Esta consideración   viene a la mente en presencia   de dos títulos de   la actual cartelera comercial de la ciudad: El segundo acto , estrenado el pasado jueves, y Un dolor verdadero , con varias semanas de exhibición y seguramente próximo a ser retirado de las salas. Dos obras de muy corta duración y ambas con méritos suficientes para que los buenos cinéfilos se acerquen a ellas sin riesgos de defraudación.   El segundo acto mereció la distinción   de abrir la edición del 2...